Tozuda realidad (II)

 
 

Explicaba en el anterior artículo del mismo título el proceso depredador sufrido por el patrimonio  inmobiliario de la ciudad a partir de los años 50 del pasado siglo, al que se intentó poner coto con la aprobación del Catálogo de Protección  de los edificios  incluidos  en el primer  Plan General. De todas formas este Catálogo, como veremos, llegó tarde y reveló sus limitaciones pues el plan, aparte de la protección de los edificios  de claro interés monumental y arquitectónico, venía  lastrado por un concepto del suelo como generador indiscriminado de aprovechamientos sin atender al carácter de  los usos soportados históricamente y no anticipar  el futuro de las tensiones que habrían de generarse en sus entornos próximos de tipo especulativo. Así, ya poseyeras  una mansión o tuvieras una huerta, entrabas a poder aspirar a unos derechos de edificabilidad, como en  una lotería con premio fijo, a costa de una ciudad que vería perdidas las posibilidades de rediseño generados  a partir de espacios que   originalmente permanecían encapsulados, con lo  que solamente algunos edificios considerados como monumentales sobrevivirían como único testimonio del  pasado histórico. Lo cual también era un mal anuncio para los propietarios del edifico protegido, que ya no compartían la suerte del resto de propietarios.
Todavía me estoy preguntando la pasividad con que la ciudad aceptó reformas  que  convirtieron en protagonistas a  los propietarios de suelo y a la secuela de especuladores de oficio que brotaron como hongos. El destino  al que fueron sentenciados edificios y entornos se hizo sin contemplaciones y ahora, con la perspectiva suficiente, podemos enjuiciar  procesos con resultados tan diversos como los que  paso a citar.
1.- La reforma de la Avenida, que aunque no tengo constancia documental está relacionada con el Plan Parcial  La Candelaria promovido desde el Ministerio de la Vivienda, permitió suprimir conjuntos de chalets y de mansiones, edificios muchos de ellos dignos de figurar en Catálogo  y que fueron demolidos sin alzarse voz alguna  ante el desastre que se estaba cometiendo.
2.- El Cuartel Viejo o el convento de las Claras eran objetivos principales entre los edificios  a demoler, ya   que ocupaban amplios espacios  situados en zonas  de importancia estratégica, que podían haber servido de articulación  de las zonas centrales del Casco con zonas residenciales  de inferior jerarquía y que, por el aumento de edificabilidad y alta ocupación del suelo, vinieron a actuar como  estímulo para contagiarse con los índices de edificabilidad  del conjunto de tejidos residenciales y al mismo tiempo de cerrar toda posibilidad  de creación de espacios libres que compensasen la alta edificabilidad añadida. El caso de la parcela de Las Claras es paradigmático, en vez de  ordenar una manzana  con el patio de uso público que nuclease  la edificación, ésta se organiza con un precario patio de vecindad que se expone  sin pudor al público que accede a  los locales comerciales de planta baja.
3.- El  antiguo Palacio del  los Condes De Alba y Aliste, convertido en Hospicio, se salvó de  la decadencia que conduciría a su finalEl  antiguo Palacio del  los Condes De Alba y Aliste porque del ministro Fraga partió la idea de adaptarlo como  Parador. Esta “atrevida” propuesta suscitó una  polémica alimentada  por algunos ilustres ciudadanos  que sostenían que un edificio tan noble no podía  dedicarse a asuntos tan prosaicos como  el de la hostelería. Al fin venció el ministro, esta vez para beneficio de todos.

 Las aisladas protestas por estas actuaciones, digamos radicales, procedían de  estamentos que podían hacerlo sin levantar sospechas. La asociación que formamos unos cuantos amigos para la defensa del Patrimonio Arquitectónico llamada Aceña Cultural fue un primer paso para crear un círculo de opinión independiente. Esta asociación no despertó ninguna simpatía  por el solo hecho de atrevernos a criticar en público las medidas que afectaban al patrimonio  de la ciudad. Alguien importante nos llamó  a su despacho oficial para que nos explicáramos, pero no pasaron a mayores las reprensiones. La razón  del silencio de la ciudad era bastante lógica pues todas las reformas urbanísticas importantes  eran impulsadas por  políticos zamoranos con puestos importantes en Madrid. Y ese Estado tenía tras de si una larga  sombra que la ciudad no podía olvidar.
Solo me voy a referir a una de estas actuaciones diseñada desde arriba, y por tanto  con ese carácter de “tozuda realidad” que aparece tan frecuentemente en el urbanismo de nuestra ciudad. Siendo directivo de Aceña me fui a ver al Director de Patrimonio del Ministerio de Cultura, el Sr. Chueca, que había sido profesor mío en la Escuela, y tenía confianza para hablar con él. Le pregunté por el sentido que tenía una actuación que considerábamos lesiva para la ciudad  como era la que iba a dar lugar a  la actual Plaza de Castilla y León y a un nuevo edificio destinado a Delegación de Hacienda.  Ello iba a suponer la destrucción del antiguo convento de las Marinas (Gobierno Civil) y de una interesante iglesia neoclásica en funciones de  museo provincial, imán por cierto para los chavales, que nos gustaba curiosear entre aquel montón de objetos de procedencia tan diversa. Chueca me dijo que  se había autorizado la operación porque diversas autoridades de la ciudad no habían cesado de pedírselo con toda clase de razones y presiones hasta que al fin había tenido que ceder. Así  que los zamoranos tuvimos que seguir callados, incluso agradecidos por el “regalo” que suponía el flamante e impersonal edificio de la Delegación de Hacienda, que se elevaría en un espacio de retranqueo de  la calle, y al  que la ciudad  le  concedería impropiamente  el titulo  de Plaza.
La desaparición de edificios como los  citados  buscaban  financiar operaciones, que tenían siempre el  justificante de contener mejoras para la ciudad, eso si a costa de romper con las tramas tradicionales, el aumento del espacio  ocupado y mayores edificabilidades.
Estas nuevas zonas remodeladas trasmitieron a sus zonas de influencia aumentos  de las edificabilidades, como se observa en la edificación coincidente  con el frente a la citada Plaza en la calle de Santa Clara, que cuenta con más alturas  que  las que rigen para el resto de la calle. Igualmente  en el sector del cuartel Viejo, hasta la calle de Riego, es perceptible la desproporción entre la estrechez de las calles y las alturas de 5 o 6 plantas de las Nuevas Ordenanzas. Una vez generalizada la subida  de edificabilidades, incluso para zonas del casco antiguo que  podrían ser consideradas de segunda clase, la presión sobre las zonas exteriores más próximas  a esta almendra del casco antiguo no paró hasta ir  extendiéndose, ocupando  campos de cultivo y zonas medio abandonadas exteriores   a la muralla. Y en proporción a sus valores de posición de inferior categoría, chalets adosados, para las zonas mas periféricas, o bloques de gran fondo con patinillos interiores en las zonas de extensión de la almendra  central. Estas actuaciones de fuera de las murallas acabaron por demostrar la inoperatividad de todas las medidas y advertencias para protección del paisaje que rodea a la ciudad y que se han venido  repitiendo en los sucesivos Planes. 

Con estos antecedentes, ya en este siglo, y con una Democracia  todavía en rodaje no es extraño que, anunciada la retirada del Regimiento  Toledo de la ciudad, e inminente la vacante del acuartelamiento se desatasen los temores de que se preparase una operación  generada a partir de la ya conocida “ tozuda realidad”, que hizo que  la ciudad o la parte de ella más  sensible iniciase un serie de manifestaciones que culminaron  con la ocupación de los Cuarteles, acción que pocos años antes, por lo menos  hubiese sido considerado como un ultraje al honor de la Nación. Es un reconocimiento que se debe a  los ciudadanos que con riesgo evidente para su integridad física supieron defender el derecho a que la ciudad contase con un equipamiento, como el que ha llegado a ser el actual complejo de estudios de nivel universitario.
Y este es un recorrido que pasa de manera muy somera por los episodios más significativos que han caracterizado la historia  del urbanismo de esta ciudad. Y que ha venido imprimiendo su actividad bajo diversas formas de imposición, llámese razón de Estado, ostentación de poder, manipulación interesada, etc. Y que desgraciadamente, como lo relatamos,  todavía sigue viva, esta vez actuando para mayor satisfacción y gloria del Gobierno  Autonómico que viene ahora a poner orden en los asuntos de nuestra  casa, ya que parece exceder la capacidad de nuestros ediles y del acuerdo de los propios y pasivos ciudadanos. Con el propósito de la creación de un polígono de desarrollo tecnológico   en  la zona de Villagodio, vuelve a repetirse  el mecanismo que  de manera  permanente ha condicionado el desarrollo urbanístico de la ciudad. Porque ¿Quién  ha sido capaz de expresar  el balance positivo que pueda  dar  tal polígono, habida cuenta de lo que comporta la liquidación del asentamiento  poblacional actual y de las explotaciones agrícolas y ganaderas, único  en el entorno de la ciudad? Movimientos de protesta entre los afectados directamente y  entre los ciudadanos más solidarios no se han hecho esperar. Y  así lo han expresado en manifestaciones  y escritos dando las razones de su oposición a unos planes que han salido de los despachos de una burocracia que planifica lejos de  tierras y olvidando las vidas de ciudadanos concretos.

¿Es que vamos a seguir cargando con el modelo de gestión emergente en el pasado siglo y al cual debemos los trazos  torpes que marcaron al urbanismo de nuestra ciudad?

Antonio Viloria
Miembro del Foro Ciudadano de Zamora
Zamora, 1 de junio de 2011



 
 
 
 
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