Barbechos urbanos

 
 

        La expansión urbana de la ciudad de Zamora no pasa en estos momentos por un período en absoluto floreciente. Más aún, si me lo permiten, no deberíamos atrevernos siquiera a pensar en una etapa de consolidación, pues las cosas están lo suficientemente poco tranquilas como para considerar que hablar de un mero parón es quedarse en la superficie de la realidad. Nuestra ciudad, como tantas otras en nuestro país especialmente, está recogiendo con dolor lo sembrado en los pasados años de bonanza económica y de gestación de una inmensa burbuja inmobiliaria. Hoy nos encontramos con que los desmesurados pronósticos de expansión urbana han generado grandes discontinuidades en nuestra ciudad. Y así tenemos, por ejemplo, el Alto de los Curas con una desmedida dispersión, donde hay no pocos eriales totalmente vacíos entre inmueble e inmueble. Se ha dado lugar a un polígono de viviendas sin continuidad física con el resto de la ciudad, y en sí mismo totalmente falto de articulación. La anticiudad en estado puro.

        A pesar de ello Zamora sigue transformándose, aunque sea a una escala escasamente perceptible. Me refiero a un determinado espacio del sector Norte de la capital. Conviene, sin embargo, repasar la historia de la ocupación de este sector para poder analizar más verazmente la realidad y entender mejor su propia dinámica. La aprobación el 28 de junio de 1973 de un nuevo Plan General de Ordenación Urbana consagró la ocupación de los vacíos urbanos existentes en el antiguo cauce del Valderaduey, completándose la urbanización de las huertas de Arenales con inmuebles de viviendas de protección oficial a modo de amplias manzanas y zonas ajardinadas, dando lugar al barrio de Peña Trevinca. Simultáneamente se urbanizó el denominado sector “Los Almendros” siguiendo el modelo de polígono de viviendas, aunque con mayor densidad de ocupación y menor superficie que el anterior. Se construyeron el colegio Sancho II, el instituto La Vaguada y el antiguo campo de fútbol.

        En concreto, los cambios en este sector Norte se están produciendo en la parte de la ciudad que se extiende entre la calle Villalpando, la cuesta del Bolón y la línea del ferrocarril. Ésta se fue configurando como una zona de usos industriales y almacenaje ya desde sus primeros momentos de urbanización en los años setenta, y así ha permanecido, sin cambios, hasta hace bien poco. Se construyeron las cocheras de una empresa de autobuses, algunas naves de transformación metalúrgica, almacenes de material para baño e incluso industrias vinculadas a la alimentación, concretamente una de transformaciones cárnicas y otra de ultracongelados. Tras más de treinta años de inmovilidad, la zona comienza a transformarse. En octubre del pasado año fue demolida la antigua industria “Joalcresa”, mientras que en mayo pasado corrió la misma suerte la nave que la “Importadora de pescados” poseía en la finca colindante. La empresa “Vivas” ya está construyendo nuevas cocheras con el fin de abandonar este lugar. Por otro lado, las obras que Adif está llevando a cabo para la adecuación de la estación del ferrocarril y sus entornos al tren de alta velocidad tendrán también sus repercusiones.

        Este sector de la ciudad y los cambios que está experimentando están llamando ya nuestra atención como ciudadanos. Y deberían hacerlo con más urgencia si cabe en los responsables municipales y en los gestores del desenvolvimiento y expansión de la capital zamorana. Por su propia dinámica, por analogía con otros sectores de la propia ciudad, y especialmente por similitud con la evolución de múltiples ciudades de nuestro país y del extranjero, este sector está llamado a convertirse en un espacio dedicado a la construcción de edificios de viviendas. Y también a la creación de espacios ajardinados, en coherencia con el resto del sector. Su entorno inmediato demanda esa continuidad residencial y también el fin del ejercicio de actividades industriales en el seno de la ciudad. Las empresas aún allí instaladas tendrán que acabar por desplazarse a la periferia tarde o temprano, tal como han hecho otras muchas. De este modo, los barbechos urbanos que el desmantelamiento de estas industrias va generando en este sector de Zamora deberían ir encauzándose hacia usos plenamente residenciales. Sin embargo, la construcción en mayo pasado de un supermercado sobre el solar dejado por “Joalcresa” pone en duda estos criterios. Lo cual llama poderosamente la atención y hace sospechar que, quizá, no esté nada clara la dinámica que debe seguir esta parte de la ciudad. Y una vez más se confirme que, en ocasiones, no hay planificación en la ciudad y que ésta parece desarrollarse a salto de mata.

Rafael Ángel García Lozano

 
 
 
 
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