¡AGUSTIN VIVE! (II)
 
 

        Hablábamos de Agustín García Calvo. A partir de convertirse en estudiante en la universidad de Salamanca, a Agustín se le ve menos por la ciudad y es en esa ciudad donde hace nuevos amigos. Y entre ellos, Carmen Martín Gaite y Rafael Sánchez Ferlosio, insignes escritores años después. Es un grupo con personalidad y categoría intelectual. Sánchez Ferlosio publicaría por entonces la novela El Jarama, retrato de un día de gira campestre de un grupo de jóvenes de la época. Es un libro cuya lectura sería muy oportuna en el momento actual si es que vamos a retroceder en bienestar.
        Agustín, a pesar de irse a Salamanca, no abandona a la gente de su ciudad. Su pensamiento, aunque mediatizado por el estudio de las lenguas clásicas, va adquiriendo una base teórica que va a enriquecer su intelecto y ello sin perjuicio de cultivar su afición por pequeñas composiciones poéticas, que nunca se apartaron de esa cualidad tan difusa pero tan determinante que algunos hemos empezado a llamar loAGUSTÍN GARCÍA CALVO. Foro Ciudadano de Zamora. “zamoranía”. Pues es patente la diferencia con los rasgos que se deducen de la superficialidad de comentarios propios de tertulia o del simple halago patriotero que lanza un padre de la patria inspirado. Agustín aborda el tema de su identificación con el paisanaje, no en declaraciones retóricas, sino en lecciones prácticas que contemplan la regulación de las formas de la convivencia a nivel de la vida ciudadana. Y cuenta para ello con lo que pueda recuperarse de las tradiciones. Para ello empieza por ocuparse del lenguaje. Es una forma de intentar rescatar un léxico en completo declive pero que pueda ir dando cuenta de un posible lenguaje propio, que abra las puertas a nuevas formas de convivencia. Piensa que lenguaje y pensamiento van encadenados y con ellos se podrán alcanzar formas originales de organización de esa nueva sociedad. Agustín, en el mismo proceso de rescatar esas organizaciones sociales, toma las formas colectivas que fueron habituales para el cultivo y aprovechamiento de las rentas de la tierra y de las que aún hoy día quedan algunos rastros en zonas de cultivos hortícolas o en aprovechamientos forestales de Sanabria. Esta regeneración comunitaria está en línea con la que los socialistas utópicos del siglo XIX idearon en los países industrializados de Europa. Este movimiento tuvo siempre un carácter antinacionalista, a pesar de defender la peculiaridad de cada Comuna en un movimiento que se decía internacional. Así que en su empeño por recuperar el antiguo lenguaje le llevó a catalogar modismos tomados de la vida cotidiana del pueblo, no los que la tradición histórica astur–galaica había legado. Es una incógnita que no hubiese investigado esta versión, dados sus conocimientos lingüísticos y de los estudios que se habían hecho a principios del siglo pasado. El léxico que cataloga Agustín era el empleado en la ciudad y es el que aprendimos de boca de nuestros abuelos. Agustín lo publica simultáneamente con el Manifiesto de la Comuna Antinacionalista Zamorana. Esta publicación pasó desapercibida a los partidos políticos que estaban entonces en la clandestinidad y más preocupados por las condenas o ejecuciones que se producían en el régimen dictatorial. Pero para la gente joven tuvo un carácter distinto ya que entonces había un movimiento globalizado entre la juventud de los países desarrollados por experimentar nuevas vías de vida colectiva, como por ejemplo en las comunas de California que perduraron con el movimiento hippie y que creo que subsisten en la actualidad. Aquí en la provincia de Zamora y en otros sitios del país también se organizaron comunas. Todo este tipo de utopía que pretendía la desaparición del Estado, del Dinero y por tanto del Capital, estaba permanentemente en los textos y boca de Agustín, movimiento que se ha encontrado con su enemigo en los regímenes burgueses de democracia parlamentaria como con los partidos comunistas que perviven hoy día.
        Pero el momento actual ha venido a dar la razón a Agustín. Pues ¿no hemos visto a los políticos acudir presurosos en ayuda de los que detentan el Capital, es decir, los bancos a costa de los ahorros de los ciudadanos y dejando a estos en las condiciones precarias actuales? Y que todas las decisiones políticas importantes que afectan a todos los ciudadanos las imponen los representantes del Capital, que están por todas partes pero nunca aquí. No eran expresiones poéticas y Agustín, tozudo año tras año, hasta el fin, no se cansó de advertirnos donde estaba el Mal.
        Aprovechando que estuve en Israel trabajando con una beca de estudiante fui a visitar una aldea organizada como Comuna junto a la frontera con Siria. Estaba compuesta por gente joven, universitarios procedentes de Argentina, que se habían reconvertido en soldados-labradores y vivían de sus cultivos. Efectivamente, allí no existía el dinero dentro de la comunidad porque ésta proveía de todas las necesidades. La familia disponía de hogar propio pero los niños vivían aparte y veían a sus padres de forma limitada, pues comían y dormían en grandes salas. Estábamos admirados por el valor de aquella gente joven que habían abandonado las comodidades de un país rico (lo era entonces), para crear una comunidad participativa y solidaria. Pero pienso ¿no se sentirían en realidad que eran piezas del Estado y que este los utilizaba como núcleos colonizadores y defensores de un territorio rodeado de enemigos?
        La Comuna zamorana tenía otra poética ¿a qué ton separarse de los niños ni de la abuela ni del perro? (*) Todo tiene que estar previsto para hacer descender el nuevo paraíso a esta tierra que íbamos a hacer buena. Mejor que lo que tenemos ahora. Y nada de exclusivismos: si algún extranjero se acercase pidiendo la entrada en la Comuna, allí nadie es extranjero.
        Otros aspectos en que Agustín aprovechó para reafirmar la identidad zamorana fueron las leyendas y hechos históricos, en que la interpretación que le da es la que juega a favor de la justicia y a favor de los más débiles, como es el caso del motín de la Trucha en que se restituyen los derechos mancillados de los plebeyos o el episodio de la defensa de la ciudad por Doña Urraca, sitiada por las tropas del rey de Castilla y la colaboración del agente secreto Vellido Dolfos y, finalmente pero lo más significativo, cuando aclara el significado de la bandera de la ciudad que contraría el signo unitario corriente de la patria que corrientemente marca el ondear de una tela. Agustín nos aclara que nuestra bandera no es como las demás porque no pertenece a un solo territorio sino que sus múltiples desgarros expresan la multiplicidad de todos ellos. O sea, lo menos nacionalista-exclusivista. Y digo yo, llegado a este punto y lejos de parecer un cuzo (*) pero aliviado y convertido por las palabras y razones sólidas de nuestro tristemente finado, ¿no sería llegado el momento de enarbolar de forma permanente el signo de tal bandería, ya que la poseemos guardada en un arca, y desplegarla para proclamar a todos los vientos lo que soñamos: una comunidad compuesta de distintos pueblos viviendo en paz, sin preponderancia de ninguno de ellos sobre los demás y compartiendo las suertes y penas que la vida nos presente. Bandera que ondeando de forma constante en un lugar prominente de la ciudad pueda ser divisada desde todas las planicies que se extienden por todos sus horizontes. Y que el sitio más adecuado sería ponerla enhiesta sobre la denominada Torre del Homenaje en el Castillo de la ciudad, bastión de la resistencia que los zamoranos hicieron para no ser doblegados por los salva patrias del momento.
        Volvamos a la vida cotidiana, aspecto que Agustín no desdeña y que trata en sus escritos y en sus poesías. Tan variadas como Mas, Canciones y Soliloquios, En el tren, el Ramo de Romances y Baladas y así unas cuantas más. Hombre ilustrado pero que no olvida hacerse habitual y cercano al lector más llano de poesía. A mí de sus libros de poesía, el que encuentro más cercano es Valorio porque el parque de este nombre ha sido el escenario urbano con una presencia más constante en la vida de los zamoranos del pasado siglo. Si me remonto a la época en que de niño iba con mis padres al paseo de los domingos en un Valorio pletórico de gente, con la banda de música en el templete, y seguimos con la época en que ya y cómo nos tirábamos a toda velocidad por unos terraplenes que luego subíamos como en un tobogán y que frecuentemente nos dábamos de bruces con un suelo que solía estar, por suerte, blando y que ahora pienso que eran el antecedente del skating-board que se practica hoy en día.
        Pero el Valorio del que habla Agustín en su poema es el de los primeros escarceos amorosos. Mientras que como niños, con nuestros veloces aros, sólo estábamos pendientes de los accidentes del paisaje y sentíamos el placer del vértigo, así que si veíamos parejas, pensábamos de qué hablaría tan concentrados, qué aburridos con esas niñas tontas ahí sentaditos, esperando a que mamá les traiga la merienda, etc. Pero dejamos de ir a Valorio porque aquello ya no se podía aguantar. Cada vez más parejas y cada vez más guardas.
        Hasta que pasan los años y me veo retratado en otra época, la de los poemas de Agustín. La época de los amores y amoríos de juventud y de comienzos de la madurez. Es el mismo escenario pero qué diferente para una sola vida con experiencias personales tan diferentes pero que siguen tan vivas. Me parece que el actual Valorio no representa ni de lejos lo que fue para la gente de mi época.
        En el poema de Agustín, este ya nos advierte:

¿Yo buscando a lo hondo
del bosque de Valorio
entre la hojarasca
al hilo del arroyo
la yerbecita de
de la añoranza?


Y contesto. Pues sí.

(*) Nota: Me he tomado la licencia de incluir dos palabras del léxico zamorano antiguo.
cuzo”,según A.G.C. –entrometido-“a que ton” - a cuento de qué-

Antonio Viloria
Zamora, 20 de noviembre de 2012

 
 
 
 
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