Buenos días y buena suerte (22.10.14) - LA AUSENCIA DE INTELECTUALES
 
        En estos días aún se puede  contemplar en la Biblioteca Pública del Estado en Zamora la magnífica exposición sobre la historia de  la Residencia de Estudiantes, fundada en 1910 por la Junta para Ampliación de Estudios y que desapareció  1936 como consecuencia de nuestra guerra civil. Durante todo ese periodo de tiempo  fue el primer centro cultural de España y una de las experiencias más vivas y fructíferas de creación e intercambio científico, artístico y de debate de la Europa de entreguerras. Tanto la Junta como la Residencia fueron producto de las ideas renovadoras de la Institución Libre de Enseñanza, fundada en 1876 por Francisco Giner de los Ríos. En las conferencias que han acompañado la exposición, en varios momentos ha surgido la importancia del intelectual como persona que dedica una parte importante de su actividad vital al estudio y a la reflexión crítica sobre la realidad social y que sirve de faro  ético  y moral a una sociedad desorientada y que va perdiendo sus valores colectivos en pro de falsos reclamos.  Y también se comentó, con tristeza, la ausencia de su voz en los momentos tan confusos que estamos viviendo en este país tomado a saco por políticos,  comentaristas mediáticos y  tertulias de bajo nivel donde el ruido y el personalismo marcan su  estilo y donde el medio está casi siempre subordinado a exigencias políticas o económicas.

        El término intelectual ha estado generalmente dotado socialmente de un valor de prestigio porque se entendía  que esa actividad dedicada al pensamiento tiene una dimensión y una repercusión pública muy valiosas. Según Gramsci, los intelectuales modernos no deben ser simplemente escritores, sino también directores y organizadores involucrados en la tarea práctica de construir la sociedad. En cualquier caso, es interesante señalar que el término «intelectual», en su mismo origen, va unido a la idea de lucha, de refutación del discurso oficial, de defensa de la legalidad frente a los abusos del poder. El mismo Gramsci lo veía de esta forma: “El intelectual es un individuo con un papel público específico en la sociedad que no puede limitarse a ser un simple profesional sin rostro, un miembro competente de una clase que únicamente se preocupa de su negocio. Para mí, el hecho decisivo es que el intelectual es un individuo dotado de la facultad de representar, encarnar y articular un mensaje, una visión, una actitud, filosofía u opinión para y en favor de un público”.

        Es innegable que la relevancia de los intelectuales en esta sociedad insaciablemente consumista ha perdido brillo, pero no relevancia; el papel del intelectual contemporáneo ya no es el mismo de los tiempos de Emil Zolá,  Antonio Gramsci o Jean Paul Sartre, pero sigue siendo importante, imprescindible, si en realidad aspiramos a un mundo mejor, aspiración que, a veces, nos lleve a pensar que todo es  una utopía. Por otra parte, como señala  Edward Said, “la dependencia económica del poder mediante subvenciones o ayudas para las investigaciones son formas de control de los intelectuales (especialmente los universitarios e investigadores).” Su papel ha disminuido considerablemente, comparado con el que detentaron en el siglo XX. El triunfo de las democracias liberales ha provocado que los “intelectuales” ya no sean las únicas voces críticas que expresen públicamente su opinión, y que en nuestros días sean expertos en ciencias sociales (politólogos, sociólogos, historiadores, etc.) quienes ocupen el espacio público, al lado de los llamados “opinadores profesionales”, los tertulianos que aparecen en los medios sin poseer méritos relevantes. El papel actual de los intelectuales debería contribuir al debate público con opiniones informadas sobre asuntos de interés general, pero sin asumir ya el papel de vanguardia de la sociedad.

        En un mundo en el que la información nos inunda, y en el que ésta se confunde con la opinión crítica e informada, una opinión atenta siempre a la situación actual y al futuro que se aproxima, pero que no ignora las lecciones que se extraen de la historia, el intelectual debería esforzarse por ser un faro que estimule el pensamiento crítico relativo al mundo presente y futuro, planteando cuestiones y presentando sus propias respuestas.

        Salud y suerte.


Antonio Gallego
 
 
 
Volver
Subir