Buenos días y buena suerte (1.04.25) - Lecciones de Francia
 
        Por desgracias, en escaso periodo de tiempo, Francia nos ha dado a los españoles dos lecciones de cómo se gestionan las grandes catástrofes que a veces impactan sobre un país, dejando a sus comunidades noqueadas y asustadas ante la magnitud de lo sucedido. La primera lección nos vino del atentado terrorista, de origen islamista radical, contra el semanario satírico Charlie Hebdo y recientemente ha sido el accidente de aviación, al parecer provocado voluntariamente por el copiloto, acaecido sobre los Alpes franceses donde murieron 150 personas, entre ellas una parte importante de ciudadanos españoles.

        En ambos casos ha habido un funcionamiento profesional, rápido, transparente  y cercano a los afectados por parte de la administración de Justicia y autoridades francesas, sin ninguna intervención partidista que pretendiese sacar rédito político a lo allí ocurrido. Debido a todo ello, el duelo familiar y social se ha realizado con serenidad no exenta de un profundo dolor. Las especulaciones, tan típicas en estos sucesos, han quedado cortadas por la rapidez de la información facilitada por los poderes públicos.

        Si buscamos referencias similares en España nos tendremos que remontar al atentado del 11 de marzo de 2004 en  Madrid, también realizado por el terrorismo radical islamista, y al accidente del vuelo 5022 de Spanair de 20 de agosto de 2008 entre Madrid y Gran Canaria. El primero dividió durante mucho tiempo a la sociedad españolas por el uso político y mediático que se llevó a cabo intencionadamente –y que aún permanece en alguna cabeza desquiciada­-  y que además ha dejado huellas de confrontación profunda entre las asociaciones de víctimas. El segundo accidente fue un ejemplo de todo lo contrario a lo acontecido en Los Alpes franceses: mala gestión, pésima información, ninguneo de las víctimas, proceso judicial confuso y sin resolución,… El juez de guardia lo primero que hizo fue decretar el secreto del sumario. Ni el instructor ni el fiscal, enfrentados durante toda la instrucción del sumario, se ocuparon nunca de facilitar información fiable ni a las víctimas ni a la opinión pública. Fueron tres años de constantes filtraciones de informes de la Comisión de Investigación de Accidentes e Incidentes de Aviación Civil (CIAIAC), de la Guardia Civil, de la Agencia Europea de Seguridad Aérea y de expertos independientes, en medio del desconcierto y estupor de los 18 supervivientes y los familiares de los fallecidos. El resultado final ha sido una chapuza de primer orden.

        Está claro que estos hechos y su forma de solucionarlos mide la madurez democrática de un país. En Francia, las instituciones y sus funcionarios han podido desarrollar sus trabajos sin interferencias políticas, de forma independiente y profesional. En España sucedió, por desgracia, todo lo contrario, con ello se prolongó durante mucho tiempo el proceso de duelo y reflexión tanto a nivel individual como colectivo. En Francia, los políticos sólo estuvieron presentes en los días cercanos a las tragedias, en un plano institucional. Después desaparecieron y su papel lo asumió la administración y sus funcionarios. ¡Chapeau!

        Confiemos que aprendamos todos de estas lecciones recibidas desde nuestra querida Francia. Y no sólo los políticos sino la administración de Justicia, Policía Judicial, tertulianos sagaces y aprovechados así como todos  los ciudadanos.

         Salud y suerte.


Antonio Gallego

 
 
 
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