El peso del Centro

Lugares con presencia constante en la memoria de muchos zamoranos

 
 

Antonio Viloria

          Como se ha visto en el repaso que se ha venido ofreciendo por estos barrios antiguos de la ciudad, que son los que conozco, se caracterizaban por poseer espacios -más propiamente deberíamos llamarlos lugares- a cuya cualidad geométrica se añade una de apropiación, cualidad que preside otras que definen un Centro. 

Toda ciudad antigua se desarrolla con el pensamiento en un Centro. En nuestra ciudad a partir del Centro antiguo del Castillo la trama va extendiéndose a lo largo del Medievo y Edad Moderna. La Plaza Mayor era un espacio que venía a conmutar las funciones de Centro, con la construcción del municipio en la época de los Reyes Católicos. Espacio maltrecho pero que en ocasiones ejerce las funciones de ágora al congregar a los ciudadanos con motivo de alguna celebración o reivindicación política. 

El verdadero Centro de la ciudad sigue siendo el entorno de la Catedral pues ahí permanecen los monumentos señeros del Trono y el Altar. Pero aún desactivado y descentrado del conjunto de la ciudad antigua, se añade el que su tejido urbano inmediato acusa la erosión del tiempo. A pesar de tan precarias estructuras urbanas estos lugares viven con presencia constante en la memoria de muchos de nosotros, porque seguimos considerándolo como el mejor regalo que nos ha ofrecido esta ciudad. Las imágenes de espacios y monumentos de los que nos apropiábamos de forma natural van unidas a los recuerdos más queridos. Desde arriba de la torre de la Catedral nuestra mirada se extasiaba dominadora y nos llegaba la brisa que brincaba por encima de la hoja fría del río. Saliendo por el portillo de Vellido Dolfos íbamos a explorar el ribazo, vista que nos ponía a Valorio a nuestras rodillas, nos asentábamos en su ladera llena de matorrales, y la sometíamos cazando culebras o encendiendo hogueras cuyas ventoleras bajaban buscando la silla de doña Urraca. Esperábamos en las alturas, desafiantes, por si venían los chicos de San Lázaro a atacar con sus hondas nuestras posiciones. 

Otra escena: los recreos del colegio, yendo y viniendo sin pisar los jardines, con nuestros curas trasterrados de la guerra que paraban su charla en eusquera cuando nos acercábamos. Bajábamos al fondo del foso del Castillo si queríamos hacernos invisibles y que se olvidasen de nosotros. El señor Alejandro, sacristán de la catedral, nos enseñaba los tapices que decía que estaba remendando su esposa en un trastero que abría a la plaza. 

Y ya de mozo las verbenas de verano que por la noche cambiaba el tono adusto del parque a mediodía y hasta se transformaba la imponente torre guardiana de toda moralidad matutina y vespertina hasta Portugal, y ya con la francachela agotada, se remataba la amanecida en las almenas sobre la ciudad yacente, borrosa al fondo del trastorno de nuestros sentidos. Mientras, las moles monumentales viéndolo todo, flotando ligeras sobre un manto raso de estrellas, quedábamos absortos por el hechizo de una mirada de siglos que brillaba sobre nuestras lánguidas vidas. 

No hemos dejado de reconocernos en ese Centro inconmovible y eterno y nada enturbiará su recuerdo. Ni aun tratando de poner el tema sobre el plano más real, el de la triste memoria de nuestros días, tiempos en los que hemos sido tocados por una realidad que presagia futuros de incierta fortuna para estos lugares. 

Nuestro Centro no ha tenido el porvenir que sus orígenes y sus fechas históricas vaticinaban. Esa coincidencia del poder real y eclesiástico sobre el núcleo inicial de la ciudad fortaleza quedó fuera de juego cuando dejó de ser bastión adelantado en las guerras contra el musulmán. Y para rematar la faena, la ocupación del ejército francés en el siglo XIX, destruyó todo vestigio urbano, para dejar enfrentadas fortaleza y Catedral. Y este paraje desolado de después de una guerra es el que heredamos los zamoranos en el pasado siglo hasta nuestros días. 

No conozco debates o tomas de opinión con los que los ciudadanos se hayan hecho una idea de cómo puede discurrir la evolución de este Centro ante las distancias afectivas con la ciudad. Tarea compleja porque el destino de un Centro de estas características se encuentra en medio de demandas de contenido muy diverso. 

Yo no sé si el Centro puede aspirar a seguir siendo el espacio en donde se pueda conjugar el encuentro de la ciudad histórica y monumental con la ciudad de sus moradores, y con sus preocupaciones del día a día. Este es el desafío que espera a otros ciudadanos de Zamora, los del siglo presente.

Antonio Viloria

Fuente: La Opinión de zamora


 
 
 
 
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