Suspiros por un paseo (I)

Recuerdos de "la casa del americano"

 
 

Antonio Viloria

          Ha tenido que ser un prospecto editado por la Biblioteca de Zamora en el que se hace un recorrido por los lugares que marcaron la existencia de Claudio Rodríguez, para que se despertaran sensaciones de una época de mi vida, entre la adolescencia y el final de la carrera en la Universidad. El edificio que aparece en el prospecto y que me provocó la marea emocional es donde vivió el poeta y se le conocía con el nombre de "la casa del americano". Es un edificio que fue construido en los años 30 y del que "el americano" alquilaba las ocho o diez viviendas que lo componían. Su imagen sigue despertando admiración por la finura de su diseño, una elegancia que el siglo casi de vida no ha empañado y ha despertado el recuerdo del entorno privilegiado en que se levantaba, pues formaba parte de un frente de edificaciones diversas en la actual avenida de Príncipe de Asturias, que se habían proyectado a partir de las pautas que brindaban las denominadas "josas" y a las que me he referido en algún artículo. Así que en tal frente se habían edificado chalés, o bloques exentos con cuatro fachadas como el del "americano", algunas verdaderas mansiones que se aglutinaban con la ayuda de una espesa vegetación, que conectaba con el ajardinamiento del parque. Este parque tan vario y proporcionado poseía verdadero atractivo y hasta se le podía atribuir sin duda el carácter de "salón" de la ciudad. La estructura que lo configuraba era el vial central peatonal, un paseo de tierra que posteriormente se enlosó. Este parque que era denominado "paseo" porque del original uso estático de niñeras con sus niños, pasó posteriormente a la actividad más dinámica y adulta de paseo. Allí nos encontrábamos a diario todos los que podíamos considerarnos incluidos de forma genérica como jóvenes, una amplia gama que se estiraba como el chicle, y allí entraban también cuajados solterones y féminas acumulando méritos. Todavía recuerdo a una asidua que "hizo el paseo" el día del estreno de su nuevo coche. Su cara transfigurada sonreía con aire de superioridad tras los cristales del Dauphine (de la marca Renault) ante todos los de a pie, entre envidiosos y aires de cachondeo. 

Este salón de la ciudad, era un verdadero centro urbano, como contrapeso con el que históricamente poseía tal condición, y que era el que estaba próximo a la Catedral. Así que era lógico que coexistiesen los dos centros en una ciudad con un desarrollo lineal tan acusado: un centro para celebraciones nocturnas como las ceremonias semanasanteras y otras paganas, como las verbenas que duraban hasta las tantas, allá junto al Castillo. Pero nuestro centro de todos los días, el de los solteros, nuestro salón hervía de pasión a diario, a la caída de la tarde bajo miles de miradas como puñales berberiscos ocultos en cojín de seda y sometidos eso sí, al sigilo calculado de los pasos de sus oficiantes, paseo arriba, paseo abajo, siempre al mismo ritmo pero con las pausas inevitables de los corrillos, que aflojaban de forma intermitente la tensión peatonal y animaban a la concurrencia a estallar con el contraste desatado de opiniones. 

Vuelvo a coger el hilo de la casa del "americano", hoy me confirmo en que su imagen sigue siendo la del edificio fetiche de esta zona de parque de la ciudad, y como por milagro subsiste después de una reforma- despojo que cambió rasgos paisajísticos y edificación de una zona de ensanche de la ciudad. Pero he sentido verdadera pena por el contraste con los poderosos bloques que han sustituido a las discretas mansiones del pasado. Así que la casa fetiche se ve ahora constreñida, como algo trasnochado, y fuera de lugar. 

En su traza original, el parque no es que ocupase un sector de importancia sustancial, pero sí lo fue porque se le hizo coincidir con el eje del crecimiento de la ciudad que tenía su prolongación en la carretera de Tordesillas. Tengo entendido que la creación de este parque, era consecuencia de la condición de que toda ciudad que se preciase debía contar con ello en los años finales del siglo XIX, lo que daba fe de su modernidad. Por ello se había pensado situar el parque de la ciudad en la zona de Las Tres Cruces, para no hacerlo coincidir con el vial de entrada a la ciudad, pero el Ayuntamiento no consiguió imponer orden entre los propietarios expropiados, y nadie de ellos respetaron las alineaciones, invadiendo las zonas verdes, hasta que el presunto parque se vio reducido al puro vial actual. Si existe el definitivo parque que conocemos, fue gracias a que Obras Públicas, responsable de la carretera, advirtió que actuaría contra los que se saltaren las alineaciones del proyecto. El parque resultante se componía principalmente del vial de carretera, con espacios sobrantes que había que urbanizar. Se repetía el esquema de los pueblos que por la carretera se entraba al pueblo pero a la tarde los mozos y mozas salen a pasear por ella.

Antonio Viloria

Fuente: La Opinión de zamora


 
 
 
 
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