Francisco Giner de los Ríos (16-12-2015)
 
        Ahora que estamos viviendo tiempos  electorales llenos de ruido con tanta propuesta  de los diferentes partidos políticos no fáciles de valorar, fue un remanso contemplar este domingo la exposición que la Fundación Giner de los Ríos acaba de inaugurar en su sede en Madrid.  Este año, en febrero, se cumplieron cien años de la muerte del  pedagogo malagueño. De él dijo John Brander Tread: “D. Giner de los Ríos fue el primer español moderno: más que ninguno dio el impulso que la puso en movimiento”.

¿Qué pensaría Francisco Giner de los Ríos de una España que ha marginado los valores que él promovió de educación, ciencia y enseñanza de las humanidades? Giner de los Ríos llegó al convencimiento de que para modernizar  el país se precisaba de la participación de toda la sociedad. Levantar el alma del pueblo entero. Él dijo que “Las obras lentas son las duraderas; ojalá esta nación lo comprenda algún día”.

En un artículo publicado en un periódico nacional  para conmemorar los cien años de su muerte se escribió lo siguiente: En el verano de 1883, durante cinco semanas, caminando o, en su modalidad más cómoda, en asiento de tren de tercera, Francisco Giner de los Ríos recorrió media España junto a alumnos y profesores de la Institución Libre de Enseñanza (ILE). “Sin saberlo nosotros, íbamos buscando por estos montes, no a la serrana del Arcipreste, sino la nueva España del porvenir”, relataría posteriormente el socialista Julián Besteiro, uno de aquellos excursionistas. La ILE, un fogonazo que duró seis décadas, expandió una renovadora fe laica, que veneraba la cultura y la ciencia, sacaba los libros al monte y sacudía la pelusa del retraso con el envío de talentos al exterior y la invitación a España de quienquiera que tuviese algo notable que aportar: Marie Curie, Albert Einstein, Alexander Calder o John Dos Passos.

Fundada en 1876 y defenestrada (y vilipendiada) tras la Guerra Civil por la dictadura, la ILE fue una de las criaturas más innovadoras alumbradas en España. Sin ella no se entiende la generación de luciérnagas que puso patas arriba la cultura española en los años treinta. Lo iniciado por Giner de los Ríos con la ILE en 1876 sólo se pudo apreciar cabalmente 40 años después, tras su muerte.

Francisco Giner de los Ríos (Ronda, 1839-Madrid, 1915), hijo de un funcionario de Hacienda, fue un inusual visionario, que no quedó atrapado en la telaraña de la teoría ni en la nostalgia del fracaso. En 1875 le apartaron de su cátedra de Filosofía del Derecho y Derecho Internacional de la Universidad Central por negarse a acatar la norma que impedía las críticas a la religión católica o a la monarquía —el mismo destino que sufrió Nicolás Salmerón, también krausista y cómplice en la aventura de la ILE—. Ese mismo año Giner de los Ríos fue encarcelado en Cádiz, donde comenzó a mascar su futuro proyecto. En julio escribe: “Mi plan, para el año próximo, es abrir en Madrid dos clases privadas, a ver si puedo vivir de mi trabajo por este camino. Si se realizan algunos ofrecimientos que nos hacen, tal vez organicemos modestamente una pequeña institución de enseñanza superior libre, con una escuela de Derecho”.

La Institución nació al año siguiente como un electrón libre en lo institucional, “completamente ajena a todo espíritu e interés de comunidad religiosa, escuela filosófica o partido político, proclamando tan sólo el principio de la libertad e inviolabilidad de la ciencia”, según sus estatutos. Su primera vocación —universidad privada y laica, a semejanza de la Universidad Libre de Bruselas, fundada por masones belgas— no cuajó, “pero esto lejos de desanimar a Giner y sus compañeros, les llevó a adoptar la opción estratégica que 30 años después se revelaría como una inversión muy productiva”. Se volcaron en la enseñanza primaria y secundaria —Antonio Machado sería uno de sus alumnos— y, sobre todo, iniciaron una estrategia de ramificación de su filosofía en una serie de organismos públicos y autónomos —el Museo Pedagógico, la Junta de Ampliación de Estudios, la Residencia de Estudiantes o el Instituto-Escuela— que contribuirían a formar brillantes científicos, intelectuales y políticos. Y aunque menos de lo que sus enemigos proclamaban, el espíritu institucionista caló en numerosos ámbitos.

En la misma casa donde Francisco Giner de los Ríos murió hace justo un siglo —y que acaba de ser rehabilitada tras 10 años de trabajo— se reunieron ayer para recordarle personas vinculadas a la Fundación que lleva su nombre, heredera del espíritu ILE. La actriz Ariadna Gil, cuyos abuelos se conocieron en la Residencia de Estudiantes, recitó el poema que Antonio Machado le dedicó a su antiguo profesor: “Allí el maestro un día / soñaba un nuevo florecer de España”

Aquí tenemos todos los españoles un espejo claro y digno donde mirarnos. No lo podemos olvidar.

Salud y suerte.

Antonio Gallego

 
 
 
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