Saleté

 
 

        En la década de los 50, San Lázaro era un barrio extenso que en su último tramo a la altura de la fábrica de harinas (“el molino”), se estiraba por la Carretera de Roales (Av. de Galicia), por la Cañada de las Merinas (Mercedes) y un poco por la Carretera del Sanatorio (Salud), para terminar en un núcleo transversal que formaban las tres calles de lo que conocíamos como barrio de Redoli. Entre esos tres ejes: espacios vacíos, eras y campos de labor... Una barriada que, con el tiempo, acabó siendo San José Obrero.

En uno de esos espacios que usábamos en nuestros juegos, apareció un día un Saleté carromato algo destartalado, cuyo jamelgo, desenganchado y atado con una larga cuerda, rebañaba hierbajos. Al lado una pequeña fogata y, en torno, un hombre y una mujer cocinaban mientras tres muchachos y una niña correteaban alrededor. Fue un descubrimiento desagradable. Eran gitanos…, gitanos ambulantes. El carromato no era gran cosa: dos ruedas, ni siquiera cuatro, inclinado descansando en el suelo apoyado sobre las dos varas que servían para enganchar al animal. Nunca supe de qué modo se las arreglaban para dormir.

Se habían situado en una zona en la que en una pared se leía “Mejores no hay” escrito con burdas letras negras de pintura alquitranada. Con esa simple frase se anunciaba y estimulaba la venta de solares en una tierra que fue de labor y en la que empezaban a construir su vivienda en fines de semana algunas familias de trabajadores. Era una tierra acuñada entre la espalda de las casas de la Cañada y la carretera. Había por eso allí algunos montones de arena, ladrillos —casi siempre recuperados de derribos—, maderas y otros cachivaches. Aproximadamente se situaron en lo que hoy es el “cul-de-sac” de la Calle Valcabado que, como digo, aún no existía.

Aquella presencia, en un espacio habitual para nuestros juegos, nos desazonaba. Pasaron los días y la curiosidad, la costumbre de verlos y la inocencia natural de los niños acabaron por convertirlos en compañeros de nuestros juegos. No sé cuanto tiempo vivieron allí: un año…, dos, tal vez más. Siempre descalzos, la memoria ya no me devuelve sus nombres. Jugaban con nosotros a todo como uno más. Cuando estábamos solos íbamos a buscarlos. Cuando no estaban los echábamos en falta.

En aquella época se explanó la zona en la que después se construyeron las viviendas del entorno de la plaza de San José Obrero al otro lado de la carretera. Quedó un espacio pelado, de terreno arcilloso y sin una brizna de hierba, que acabó siendo un lugar más en el que jugar al fútbol. Lo hacíamos horas y horas...  Cuando llovía, los zapatos se convertían en tremendos zapatones atiborrados de arcilla. No importaba, si estábamos allí, allí seguíamos hasta que la lluvia arreciaba. Entonces descargábamos en la carretera el barro a patadas contra el suelo. Era tan desolado aquello que alguien lo bautizó como “el campo de Corea”. Reminiscencia de cómo quedaría el país de los coreanos después del paso de los americanos por allí.

Ocurrió que, en uno de los “desafíos” entre barriadas, una circunstancia del juego nos mostró de qué modo aquellos muchachos asimilaban conceptos. Descalzos y nada hábiles con la pelota, jugaban... y aprendían. El más pequeño y más torpe lo hacía siempre de portero, pero aquel día se presentó también Lolo, el Chicote (tiempo ha que se nos fue), que era poco amigo de correr; por eso él jugó de portero ese día y así fue que, cuando un contrario superó a nuestra defensa de gitanos y se fue solo hacia la portería, el más pequeño de los tres, le gritó con todas sus fuerzas:

— ¡Saleté, Lolooo!... ¡Saleté, Lolooo!... ¡Saletéee!

Había aprendido, sí señor, y ordenaba convencido que el portero, en esa situación, “saliera” al encuentro del contrario. Así quedó bautizado: ¡Ya siempre fue Saleté!

Saleté, mi añorado amigo de la infancia, hoy, Día Internacional del Pueblo Gitano, te he recordado.¡Dios, Saleté, qué habrá sido de ti!

Santiago Fernández
(8 de abril de 2016)


 
 
 
 
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