¿Tendremos casa para nuestro artista internacional?

El Museo de Lobo podría ser un cubo de cristal en el Castillo o una construcción en los Barrios Bajos

 
 
Antonio Viloria

        Después de tantas vueltas, propósitos y despropósitos sobre la memoria de Baltasar Lobo, con el sentimiento de frustración por no haber cumplido con lo pactado en su día para dar digno cobijo a la obra que legó a la ciudad, surge ahora esta iniciativa nacida al calor de unos ciudadanos que pretenden cumplir con los objetivos que marcaron el prometedor arranque inicial.

Con este artículo no pretendo enmendar página alguna del pasado, pero sí aportar ideas que puedan ayudar a abrir el debate sobre cómo gestionar esta travesía con todos los factores que incidan en el proceso y llegar a concretar aspectos que puedan cumplirse, es decir que sean realistas.

En primer lugar, ante este proyecto siento la inclinación de unir su suerte al de nuestro casco antiguo, tal como se ha intentado con las actuaciones recientes. La diferencia es que habría que hacer una selección de los enclaves posibles que no exigiesen violentar las formas dadas de la ciudad. Sería más adecuado desarrollar estrategias orientadas a su recuperación. Es una forma de incorporar una entidad de tipo cultural a un entorno que está necesitado de usos que contribuyan a su revitalización, y a su vez esta arquitectura pueda beneficiarse con la articulación a la ciudad, a través de valores como los de tipo paisajístico o los de la propia morfología urbana.

En este sentido hay que reconocer que la idea de proponer en el Castillo la organización del Museo, parecía la idea más adecuada, pero todavía no conocemos las razones por las que se frustró tal solución, a pesar de contar con un arquitecto que parecía el apropiado por su experiencia en conjugar usos tan dispares como el de la fortaleza con el uso civil que supone esta muestra cultural de tipo museístico. Volvemos a insistir en el mismo planteamiento, pero con una solución radicalmente distinta, porque en realidad es convertir el espacio libre en edificado, y el edificado actual en un espacio libre, una naturaleza verdaderamente recuperada.

Se trataría de hacer un cubo de cristal en el espacio del actual patio, con dos alturas y cerramientos a dos metros de distancia de las actuales paredes del patio. El espacio creado entre ambos cerramientos se cerraría con una cubierta acristalada con regulación de soleamiento. Este espacio tendría las cualidades necesarias para cumplir con las determinaciones de rendimiento térmico y sostenibilidad que se exigen a los edificios en la actualidad. Para ello las ventanas del patio se acristalarán con vidrios especiales aislantes. Con esta solución se pondría en valor los alzados de corte neoclásico del actual patio y se convertirían en el fondo visual de las dos plantas de las salas de exposición del museo. Como complemento a estas dos grandes salas los corredores del Castillo se dispondrían con un tratamiento propio de un paisaje ampliación del parque exterior. Se utilizarían árboles de sombra y coníferas como los cipreses para señalar recorridos lineales, que se densificarán con plantas trepadoras, que podrían convertirse en túneles vegetales como se puede ver en el palacio de Hampton Court de Londres. Ya es hora de que esta ciudad disponga de un jardín público que se distinga por la calidad de sus plantas y cuidado de su diseño, que será digno marco para las esculturas de mayor volumen del artista. Todo ello requiere la intervención de un diseñador especializado en jardinería. También la cámara entre los dos cerramientos plantea problemas de cara al comportamiento climático del edificio, que deberá resolverse con los medios técnicos adecuados.

Otra alternativa para albergar el futuro Museo sería ocupar parte de la manzana de edificación que hace frente al Puente de Piedra, cuyo fondo de parcela llega a los contrafuertes de la muralla. Ya en un artículo en este mismo medio señalaba la oportunidad de potenciar esta zona, que se va a convertir en el acceso peatonal más significativo de la ciudad, contando con que se restauren adecuadamente los elementos arquitectónicos del puente. Esta nueva zona restaurada quedaría como complementaria de la plaza de Santa Lucía, otro enclave que está esperando su rehabilitación integral.

La nueva edificación sería de dos plantas más la baja, que tendría parte de soportal, con una utilización comercial para alojar un bar y tienda de souvenirs. Las plantas superiores contendrían las salas del museo, con un cerramiento acristalado que se abra al paisaje del río. El fondo de parcela se urbanizaría con jardines que den la suficiente frondosidad, en donde se situarán las piezas escultóricas de mayor volumen. Ni que decir tiene que aquí el nuevo Museo servirá de revulsivo para despertar el interés para una zona que pienso que cayó en el olvido hace tiempo.

Las dos soluciones propuestas son de un planteamiento bastante simple, pero ambas pueden suponer un factor que señale el cambio en la consideración que ha tenido esta ciudad por parte de sus responsables y también de los propios ciudadanos.

Por supuesto se deberá pensar en las cualidades de sostenibilidad que cumpla el proyecto, principalmente de cara a las condiciones climáticas de la meseta. Pero en su puesta a punto será decisiva, además de la aportación de su diseñador, el grado de entendimiento que haya asimilado de la ciudad histórica. Aquí será decisiva la comunicación con el equipo de seguimiento para que le conduzca a través las claves que puedan dar una interpretación coherente con su diseño.

Antonio Viloria

Fuente: La Opinión de zamora


 
 
 
 
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