España, una democracia débil

 
 

        En comparación con los principales países europeos, España se encuentra en los puestos últimos en experiencia democrática moderna. Según el experto en Ciencia Política Josep M. Colomer “la existencia de una democracia mínima en España se limita a periodos muy breves, de algunos meses o años a partir de 1812, 1820, 1868 y 1931, más varias décadas de experiencia iniciada a partir de 1977, solo un 33 % del tiempo; esto contrasta con periodos mucho más largos en Gran Bretaña (63 %), Francia (59 %), Alemania (56 %) o Italia (45 %). También cita el Sr. Colomer que nuestro país “ha sido gobernada por monarcas absolutistas o dictadores militares durante el 38 % del tiempo del mismo periodo, en contraste con periodos muchos más breves en Francia (16 %), Italia (12 %), Alemania (8 %) y nunca en Gran Bretaña”. Esto, como se dice popularmente, marca carácter a nuestra nación. Hemos pasado en nuestra historia por largos intercambios clientelistas entre gobernantes y votantes a través de caciques locales, en ausencia de una administración pública profesional robusta y con partidos políticos y fuerzas sindicales con apenas afiliación diferente a las que aparecen en Europa después de la Segunda Guerra Mundial, aderezado todo ello con un atraso significativo de la sociedad española.

El proceso político de nuestra transición democrática a partir de los años setenta está fuertemente marcado por el dominio de los partidos políticos y sus líderes que tienen el privilegio, casi absoluto, de elegir a sus candidatos electorales, nombrados o elegidos aEspaña, una democracia débil través de listas electorales cerradas. La alta concentración de poder causa una alta personalización de la política, generando sentimientos políticos de servidumbre y reverencias llamados suarismo, felipismo, aznarismo, zapaterismo, marianismo, etc. Esta partidocracia ha erosionado la separación de poderes en los nombramientos de altos cargos de la administración de justicia y otros organismos autónomos de sobra conocidos por todos. Por todo ello, la credibilidad institucional en España es bastante débil y los partidos políticos tienen una reputación popular bastante baja desde ya hace tiempo según el CIS. Todo ello ha contribuido y sigue contribuyendo a una debilidad cívica y organizativa de una gran parte de la sociedad española que se muestra en la baja participación colectiva. En España nos quejamos mucho pero no participamos en casi nada.

Como ya se sabe, España es el único país de Europa en democracia que siempre ha tenido, a nivel estatal, gobiernos controlados por un solo partido, nunca se ha formado un gobierno de coalición y todos los gobiernos se han basado en una minoría de votos populares con lo que hace que el régimen democrático sea básicamente excluyente para muchos votantes. Esto ha sido propiciado por la prepotencia que tanto el PSOE como el PP han tenido en los resultados electorales que concentraban en ambos partidos el 80 % de los votos. Las cosas han cambiado a partir del 2015, debido en parte a la Gran Recesión del 2015 donde surgieron dos nuevos partidos, Podemos en la izquierda y Ciudadanos en el centroderecha mientras que los partidos regionales mantenían o aumentaban su representación cosa que se ha mantenido hasta el momento presente donde se ha colado el partido de ultraderecha VOX.

Todo apuntaba que ya se producían las condiciones necesarias para que los diferentes partidos negociasen entre sí para poder llegar a acuerdos que permitiesen la coalición entre partes. Pero desgraciadamente eso no se ha producido debido a la arrogancia y la animosidad de los políticos y los estrechos intereses internos de los partidos que se pusieron por delante de los intereses de todos los ciudadanos lo que llevó a que tuvieran que convocarse nuevas elecciones seis meses más tarde, a mediados de 2016. El desastre del gobierno del PP que siguió a esta situación es por todos conocidos. El show político continuó como de costumbre y se siguió con la política de crispación y confrontación, aunque ya se había roto el voto monolítico PSOE-PP. A todo ello, muchos medios de comunicación y redes sociales proyectaron una cultura barriobajera para que siguiese hirviendo la olla sin perseguir ningún resultado constructivo, es decir, el eterno espectáculo español de chulería, insultos, incapacidad de escuchar, interrumpir al orador y de repetir continuamente las mismas frases.  En resumen, la democracia española parece un régimen político de confrontación donde los problemas reales de los ciudadanos pasan a un segundo término. No somos la nación compacta que podría haber sido y no fue.

Con este marco de referencia, tenemos una dinámica centrífuga en dos importantes Autonomías como son Cataluña y el País Vasco, en especial la primera, que con esta política de confrontación que tenemos hará imposible encontrar una solución al problema, donde el empleo de la fuerza de antaño será imposible de aplicar en una Europa democrática. Solo tenemos el camino del diálogo y la búsqueda de consensos institucionales pero eso requiere tener hombres de estado.

Así es España, así somos los españoles, y debemos comprender, entender y luchar por mejorar esta débil democracia con el esfuerzo de todos. Tenemos un largo camino por delante. Dejémonos de triunfalismos y simplismos.  Esto es tarea de todos, más de los ciudadanos que de los políticos que hasta ahora, y también en estas campañas electorales, no ha demostrado demasiado nivel.


Antonio Gallego
Foro Ciudadano de Zamora
Zamora, 9 de mayo de 2019


 
 
 
 
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