Confinados y abrumados

 
 

        Confinados.― Ruego una disculpa por contar aquí una pequeña historia personal, nada extra­ordinaria, pero muy valiosa para mí. Tenemos una nuera que trabaja en la planta de enferme­dades coronarias de un hospital de Barcelona. En la última semana de febrero sospecharon de un paciente con problemas pulmonares que final­mente dio negativo en la prueba de corona­virus. Como uno de nosotros padece dificultades respi­ratorias, somos un matrimonio de edad y la rela­ción familiar ―sobre todo a través de la nieta― es continua, ella pidió consejo a sus com­pañeros médicos, quienes le recomendaron vivir en soledad. En consecuencia nuestro hijo y nues­tra nieta llevan un mes largo viviendo con noso­tros. Primero por aquel caso aislado que dio negativo, pero a continuación por la rápida ex­tensión del contagio en Barcelona. No sé cuántas veces le he trasmitido mis agradecimientos y todas las tar­des la obsequio con mi aplauso en­tusiasmado. Como veis no es una historia extra­ordinaria; cuántas no se estarán viviendo de más interés en este tiempo de zozobra.

Así pues, estos días de aislamiento ―de confi­namiento― los vivimos en casa con la compañía del mayor de los hijos y de su hija, nuestra nieta de once años. Él, agobiado de trabajo, pasa el día interactuando con sus compañeros de tarea a través de la pantalla y el teléfono. Ella distrae la mañana en sus quehaceres colegiales, un buen rato de uso de pantallas varias y alguna ayuda a su abuela ―jugando― en la cocina; la tarde se le va en juegos varios con la abuela, alguna partida de ajedrez conmigo, cocina de repostería algún día, y conexiones telefónicas con su madre y con sus compañeras de colegio ―nuestros teléfonos van y vienen de sus manos a la recarga―; tam­bién la televisión las entretiene con alguna pelí­cula que suelen pactar; y aún queda para la so­bremesa de la noche un buen rato de encajar la piezas de un puzle de una panorámica de Sala­manca. La lectura, algo de escritura y labores de investigación histórica familiar absorben mi tiempo. Reponer viandas es tarea esporádica que alternamos mi hijo y yo en salidas rápidas y cuidadosas. Así ha de ser porque este virus es exigente y azaroso, no se deja ver ni se anuncia y el contagio llega desde personas asintomáticas. De modo aleatorio todos usamos una bicicleta estática que nos mantiene más o menos en forma física, y si el día se muestra soleado, la terraza ayuda a resistir.

Abrumados.― Durante el desayuno y el resto de la mañana doy un repaso a la prensa. De la lec­tura, de la radio, de la televisión, de toda la in­formación que nos llega estoy interiorizando con desagrado la sensación de que se está de­jando morir a los ancianos de modo inmiseri­corde. Sobre todo, veo ―creo que lo vemos to­dos― falta de esfuerzos suficientes para evitar los contagios en las residencias. Eso se mezcla con la percep­ción ―ya añeja, en mi caso― con­firmada ahora, de que es una actividad escasa­mente controlada, nada ―o muy poco― apoyada y bastante des­atendida por los responsables públicos. El sistema, la sociedad, ha vivido có­modamente esta situación de derivar parte del problema a la iniciativa privada, que siempre tiene un sitio donde colocar a un abuelo incó­modo, y el Estado, así liberado de su función, no tiene que esfor­zarse para dar salida a este pro­blema de sobre­población dependiente. Pero, tristemente, eso produce una inhibición que genera escasez de personal, de recursos y de atenciones. Cuando se produce la pérdida, las familias reaccionan con resignación porque es algo que había de ocurrir. La denuncia de algún caso más o menos depri­mente, se percibe como un hecho aislado. Todo eso hace que el sistema no haya sido cuestio­nado o, al menos, no con suficiente fuerza. Pero, cuando salgamos de esta calamidad, es induda­ble que el modelo de ges­tión geriátrica será puesto en cuestión y necesa­riamente reformado.

Ahora, la pandemia, la escasez de plazas de vi­gilancia intensiva en los hospitales y la falta de medios de atención crítica ha sacado a la luz instrucciones de cribado de enfermos priorita­rios…, y ahí la evidencia es que las preferencias son inversamenteConfinados y abrumados proporcionales a la edad. ¡Y todos resignados!, claro. Algún bribón de por aquí, andaba días atrás insultando a los vejesto­rios egoístas que ocupan plazas de UCI conde­nando a morir a jóvenes con futuro; casos de personajillos así se habrán dado por otros luga­res, pero lo más alarmante es la oficialización de las medidas de selección que venimos cono­ciendo a pequeñas raciones. Hace días que se sabe que ningún paciente de más de setenta y cinco años entraba en la UCI de algunos hospi­tales. Se han conocido ahora instrucciones del Departamento de Salud de la Generalitat que recomienda cosas como «mantener una ética» basada en ofrecer los recursos «a aquellos pa­cientes que más se puedan beneficiar, en tér­minos de años de vida salvados». De ahí se derivan instrucciones concretas para no dar según qué atenciones a pacientes de más de 80, e igualmente para los que estén entre 75 y 80, salvo que tengan un buen estado general de salud. ¡Mejor será que el azar no nos señale!

No fui nunca partidario de cuestionar nuestro sistema autonómico porque, aunque lleno de defectos que todos vemos, ha comportado para nuestra generación ―esa que ahora se están dejando llevar― una buena solución para vivir en paz y democráticamente. Pero la falta de refe­rencias históricas previas debidamente con­trastadas nos llevó, en su momento, a importan­tes errores de diseño. Ahora lo vemos con clari­dad en algunos aspectos que no voy a enumerar. Pero sí remarcaré uno que muy pronto empezó a mostrar su inconveniencia: el traspaso a las autonomías del sistema público de salud no ha aportado ―como tal traspaso― nada positivo. Ya en los años ochenta, la huelga sanitaria de Cata­luña, que Pujol se quitó de encima consintiendo en todo, sin considerar el costo de sus cesiones, provocó un proceso sucesivo de huelgas por agravio comparativo en el resto del territorio que pusieron en riesgo la economía del sistema. Años después, Aznar obligó a todas las autono­mías ―las que lo querían y las que no― a asumir esa competencia de salud. Ahora nadie sabe explicar ni comparar cómo funcionan los siste­mas retributivos de todo el país ―especialistas ha habido que lo han intentado, pero el galima­tías es indescifrable―. Además cada cual ha montado su propio modelo, y en algunos casos, la privatización, más o menos encubierta, ha proporcionado grandes benefi­cios económicos a las clases extractivas, y algu­nas deficiencias funcionales.

Pero como usuarios ha sido peor, ya que durante años hemos sufrido incomprensibles dificulta­des burocráticas para obtener medicamentos en situación de desplazados; también las irracio­nales resistencias para atender a pacientes cer­canos del otro lado de la línea teórica que separa dos autonomías; y aún hoy la disfuncional falta de disponibilidad de la historia clínica allí donde te desplaces. Quienes vivimos «a caballo» entre dos territorios, lo sabemos bien. Y lo sufrimos.

Ahora hemos visto a las autonomías compi­tiendo ―con el consiguiente encarecimiento― por la compra de material sanitario y equipos de protección en el mercado mundial ―básica-mente chino―. Mientras que el ministe­rio, por su falta de hábito, se ha mostrado sin músculo sufi­ciente y falto de eficacia para una buena gestión de compra. En el fondo, lo que nos desespera es ver que no son capaces de coordi­narse seriamente, sino que se dedican a torpe­dearse unos a otros y a presumir sospechosa­mente de lo que consiguen.

Además, la evidencia de que ni siquiera se ha intentado la descongestión razonable y orde­nada de hospitales, repartiendo entre toda la geografía del país la presión de la COVID-19, considerándolo como un único territorio de salud y no como diecisiete, nos hace ver a algu­nas autonomías sin camas de atención crítica mientras en otras hay bastante desahogo (An­dalucía aún ofrecía el día 31 un ochenta por ciento de sus camas UCI). Uno debería esperar que fueran capaces de superar las limitaciones actuales para desplazar enfermos y optimizar la ocupación de todos los hospitales de nuestra geografía. Francia ya lo está haciendo y parece conveniente en una situación como la que vivi­mos. Una salida así podría haber evitado la ne­cesidad de instrucciones tan indigeribles como la que hemos comentado del Departamento de Salud de la Generalitat.

Como digo: ¡mejor será que el azar no nos se­ñale!


Santiago Fernández

Barcelona, abril 2020


 
 
 
 
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