El asociacionismo vecinal
 
 

 

Dentro de la historia del Asociacionismo en España, muy ligado a la aparición de los grupos obreros en las zonas industriales en el siglo XIX, especialmente en Cataluña, hay un momento especial en el tránsito de la década de los sesenta a los setenta, donde los movimientos vecinales fueron especialmente activos, con voluntad de participación en la remodelación y gestión de la ciudad. Un ejemplo claro en Zamora lo tuvimos con los vecinos de San José Obrero y sus manifestaciones públicas por las calles de la ciudad. Ello en parte, como dice Vázquez Montalbán en su libro Barcelonas, se debió a que el “régimen franquista había dejado ciertas válvulas de escape para la expresión crítica como el fútbol o la política municipal”. En muchos de esto movimientos se aglutinaban dos malestares: uno el político, por la evidente falta de libertades básicas, y otro contra el desarrollismo salvaje y capitalista con el que se actuaba en las ciudades, dejando a un lado las necesidades reales de la población. En aquellos momentos el Régimen trató de encauzar todos aquellos movimientos creando una Federación en el año 1972, que acabó en un rotundo fracaso. Viendo la situación actual, uno no deja de sentir una nostálgica envidia de aquellos tiempos si se compara con las múltiples asociaciones de vecinos que tenemos en estos momentos y sus actuaciones públicas en lo referente a la ciudad. Y no es que los problemas sean menores sino todo lo contrario.
Según Urritia, 1992, “a partir de 1977, se produce una crisis general en los movimientos sociales, ya que se vacían de contenido, al canalizarse las reivindicaciones sociales a través de los partidos políticos y, se comienza a producir un trasvase de dirigentes hacia las instituciones de la Administración recién estrenadas en la democracia. Este abandono hace que las organizaciones pasen por un cierto periodo de desconcierto y de pérdida de objetivos, produciéndose una disminución de su capacidad de movilización y de crítica frente a las nuevas corporaciones democráticas. Se creía que “tomar” la Administración produciría una mayor influencia en los asuntos públicos, sin embargo, esta estrategia se muestra inadecuada ya que las asociaciones pierden miembros valiosos y, a menudo, este cambio “de bando” lleva consigo la ruptura con la asociación”.El asociacionismo vecinal
Los ciudadanos comienzan a sentirse representados por las nuevas instituciones, especialmente a partir de la elección de los primeros ayuntamientos democráticos; las organizaciones progresivamente pierden el carácter de representación, comienzan a ocupar un segundo plano, paulatinamente van perdiendo miembros y se ven reducidas a meros “consultores”, en el mejor de los casos. Sin duda, en este proceso, puede no ser ajeno un cierto intento - consciente o no - del nuevo Estado democrático de ocupar espacios que hasta ese momento eran desempeñados por las asociaciones, como un intento de lograr una mayor legitimación y representación de los intereses colectivos según opinión del Colectivo IOE, 1989.
Todo ello conlleva, que a partir de los 80 se debilita el Asociacionismo en su carácter reivindicativo, “salvo un intento de relanzar el asociacionismo que, con los movimientos vecinales y los grupos tradicionalmente más activos en crisis, se centra en el desarrollo de las organizaciones más clásicas y menos problemáticas y reivindicativas - ya que podían ser más dóciles - centradas en el trabajo social. Se produce así en este desierto asociativo un incremento del llamado voluntariado social, en detrimento de otros movimientos sociales más comprometidos. Es a través de estas asociaciones - salvo excepciones con poca implantación social - como se intenta fortalecer el tejido asociativo y llevar a cabo acciones basadas en la solidaridad. La sociedad civil se organiza, así en gran medida, a partir del protagonismo de grandes organizaciones de poder que, jerarquizan y condicionan la expansión de los movimientos sociales y de pequeñas redes de intervención” según Rodríguez Cabrero, 1991.
Esta nueva orientación produce una visión reduccionista de la participación social. El ciudadano, en estos momentos, ya se ha acostumbrado a la democracia y considera, en líneas generales, que eso es suficiente para canalizar sus inquietudes sociales y que ya cumple con el voto que deposita en las sucesivas elecciones, sea a nivel nacional, regional o municipal, a pesar de la baja valoración ciudadana, vía encuestas de opinión, que reciben los partidos políticos y la imagen del político que existe en la actualidad. Con esta vicaría política, estamos creando un ciudadano débil frente a los problemas que nos rodean, del nivel que sean, especialmente en el ámbito municipal, tan cercano y sentido por todos. Por otra parte, en el mejor de los casos, el ciudadano está dispuesto a la manifestación, ya sea verbal, entre amigos, ya canalizada mediante algún colectivo o convocatoria pero no al trabajo continuo, organizado y con objetivos definidos. En el fondo hemos renunciado al verdadero compromiso social que posiblemente lo ha desmantelado el modelo de bienestar social que nos hemos dado.
¿Y los movimientos vecinales? Pues son una quimera de lo que existió en su día, están domesticados vía ayudas oficiales, ya sean de dineros o de otras componentes laborales, más o menos encubiertas, o de cesión de protagonismos, pero sin profundidad social, de exigencia y protesta ciudadana organizada frente a los atropellos que vemos en nuestra ciudad, que es su objetivo principal. Son pequeños reinos de Taifa bien manejados por el poder de turno, con visiones reduccionistas de la ciudad y sus necesidades.


Antonio Gallego
Miembro del Foro Ciudadano de Zamora

Zamora, 11 de septiembre de 2006

 
 
 
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