Un niño sube a la ciudad
 
 

 

En Todavía siento como un escalofrío al recordar un artículo que me devolvió a un pasado lejano ya, y que recientemente se publicó en este mismo periódico escrito por el admirado Herminio Pérez. En él se narraba la experiencia de unos niños de un arrabal de la ciudad, que deciden hacer una incursión con la finalidad de conocerla, pues no está tan lejana y sin embargo para ellos es una desconocida, encerrada detrás de sus murallas. Se ha hecho de noche y, al llegar a San Martín de Abajo, oyen música. Cuando acceden a San Martín de Arriba se encuentran con un gentío reunido alrededor del templete. Hay muchas luces, música y alegría que dejan admirados a los muchachos, acostumbrados en su barrio a estar envuelto en tintes más sombríos.
El caso que relata Herminio nos hace recordar experiencias infantiles análogas, pues nuestra ciudad tenía la virtud de descubrirnos, de vez en cuando, tesoros ocultos, y con ello, se producían un torbellino de sentimientos que, solo en ocasiones, compartíamos con nuestros padres. Todavía me vienen a la memoria otros escenarios de la ciudad, con las mismas luces, músicas, gentío en Valorio, el Castillo, la Avenida. Yo me pregunto si ya se apagaron definitivamente aquellas luces, arrasadas como tramoya de un teatro que se traslada a otra ciudad.Un niño sube a la ciudad. Antonio Viloria
Los muchachos que vivíamos cerca de San Martín, una vez que se apagaban las luces y reinaba el silencio, a partir de entonces San Martín volvía a ser “nuestro” y en cuanto podíamos, tomábamos posesión de aquel espacio con el convencimiento de que nadie, de momento, iba a venir a disputárnoslo. Allí, sentados, en corro, en el suelo comentábamos sucedidos o aventuras análogas a las de Herminio y nos preparábamos para la batalla inminente, subidos en los escarpes de las murallas, agazapados detrás de los arbustos. Estas peripecias de los muchachos de San Martín, les ocurrían lo mismo a los chicos de otras partes de la ciudad. Pues a los ojos de un niño ¿qué significaban las plazas de Zorrilla, de San Gil, Pantoja, etc.? Pues antes que nada, eran asiento de bandas de muchachos y que, el andar por sus dominios sin tomar alguna precaución, podía darte un susto.
Estas citas, tomadas de la memoria de la ciudad de nuestros años juveniles, nos desvelan la multiplicidad de las relaciones que cada individuo, de acuerdo con su edad y condición, desarrollaba con la ciudad, y de que manera sumaria, las fiestas de Semana Santa, venían a culminar. Así pues, la Semana Santa, venía a ser como un rito unificador de los territorios de la ciudad y de paz entre las distintas facciones.
La ciudad de los mayores traducía al mundo real la representación que hacían los jóvenes. La ciudad, realmente era un retablo de espacios variados en donde se sucedían acciones de drama, o cómicas, como un resumen de toda la sociedad en el que, ya como actores o público, estaban representando sus propias vidas.
¿Pero, porqué enclaves, sitios, parajes a los que he aludido han perdido el brillo que iluminaba las vidas de cada uno y de toda la ciudad? Los actores han desfilado silenciosamente hacia las tinieblas. Pero para los que quedamos, sentimos que estas plazas o rincones nos están reclamando su vuelta a la vida, y que todavía tienen la capacidad para convertir su suelo en base firme, para otras jóvenes ilusiones.

Antonio Viloria
Miembro del Foro Ciudadano de Zamora

Zamora, 12 de junio de 2006

 
 
 
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