EL RELOJ Y EL RELOJERO
(EL CREACIONISMO, INSISTE)
       
 

 

En un sentido amplio se entiende por Creacionismo “la creencia en que todos los organismos vivos fueron creados individualmente por uno o varios seres sobrenaturales cuyas acciones no están controladas por las leyes físicas, químicas o biológicas conocidas”. (Strickberger).
En la cultura judeocristiana, el Creacionismo está fundamentado en los relatos bíblicos sobre la creación que aparecen en el Génesis.
La doctrina creacionista supone: a) la existencia e intervención directa en la creación de una divinidad; b) que tiene un diseño o propósito predeterminado sobre los seres creados y, c) que las especies fueron creadas de una vez tal como hoy existen y sin ningún parentesco entre ellas.
Estas teorías creacionistas de carácter mítico religioso gozaron de buena salud hasta que comenzaron a chocar frontalmente con los descubrimientos en astronomía de Copérnico (1473-1543), Kepler (1551-1630) y Galileo (1564-1642), quienes demostraron que son leyes naturales las que gobiernan el movimiento de nuestro sistema solar. Descubrimientos ampliados posteriormente por Newton (1642-1727) al explicar el movimiento del sistema solar con sus leyes mecánicas de la gravedad.
Estos y otros descubrimientos científicos de la época ( sobre óptica, mecánica, geología, química, etc.) van construyendo un cuerpo de leyes físicas y biológicas para explicar el gobierno de la naturaleza que suponen una enorme e irreversible discrepancia con las ideas vigentes, hasta tal punto que se conmueve todo el armazón teológico sobre el que se apoyaban las ideas creacionistas. Pero el golpe de gracia vino de la mano de Charles Darwin (1.809-1882) y sus evolucionistas, quienes vinieron a demostrar con total claridad que en los organismos vivos existe un cambio continuo (contrariamente a lo que predicaba la idea creacionista de que las especies son fijas), que existen sucesos aleatorios impredecibles (en contra de la creencia vigente de una creación previamente predeterminada, direccional) y añadía además, que existe una lucha por la supervivencia entre los organismos vivos con predominio de los mejor adaptados reproductivamente y que el motor y el mecanismo de la evolución no es otro que la selección natural.
En suma, no hay necesidad de recurrir a un “diseñador inteligente” (“relojero”) extranatural para explicar el origen y la relación de descendencia común entre los organismos vivos. La explicación se halla dentro de la propia naturaleza y se explica con leyes físicas y bioquímicas. Como leyes físicas y bioquímicas son las que gobiernan el propio funcionamiento interno de esos seres vivos.
Desde que se estableció la Teoría de la Evolución, (curiosamente, hay quien opina que es una simple teoría puesto que así la denominan los mismos evolucionistas, sin darse cuenta que también se denomina “teoría” a la Teoría de la Relatividad de Einstein y nadie pone en duda su realidad), las pruebas de su veracidad son cada vez más numerosas. Desde la Morfología y la Embriología comparada y compartida entre las especies próximas, el Registro fósil de especies antiguas y, últimamente, la biología molecular comparada (sobre todo la genómica) entre especies tan dispares y alejadas como son una levadura, una mosca, un ratón, un pollo y el hombre, no hacen sino confirmar por distintos procedimientos, la evolución de los organismos vivos desde un ancestro común más o menos alejado según el grado de parentesco entre las especies.
¿Cómo, si no es así, se puede explicar que el metabolismo (proceso energético que nos mantiene vivos) de una sencilla bacteria, un gusano, un pez, etc., y el hombre, esté regulado por los mismos genes que producen los mismos enzimas necesarios para que esas reacciones energéticas se produzcan? Es precisamente por esa comunidad de reacciones químicas que regulan el funcionamiento celular de todos los seres vivos por lo que utilizamos en los laboratorios a tantos organismos tan diferentes a nosotros precisamente para comprobar, por ejemplo, la utilidad de un determinado medicamento. Es decir, no sólo es cierta la teoría de la evolución biológica sino que también nos estamos sirviendo de ella los seres humanos, incluidos los creacionistas.
Pero hay otro argumento que oponer al creacionismo que en tiempos de Darwin no estaba aún suficientemente desarrollado. En tiempos de Darwin existía una concepción del hombre antropocéntrica. El hombre era el centro alrededor del cual todo se había creado. Desde la luz, el agua, y la Tierra, todo giraba en beneficio del hombre como el ser supremo y poderoso de la creación. Hoy no se puede sostener esta concepción del hombre. Somos seres completamente dependientes e interdependientes de nuestro entorno. Sin la luz de nuestra estrella que, como todas las estrellas del Universo, se apagará cuando consuma el hidrógeno de su núcleo, el oxígeno que respiramos y que nos dan las plantas en el proceso de fotosíntesis, el agua que constituye la mayor parte de nuestro organismo, el nitrógeno que es reducido, preparado, por una sencilla bacteria para que se pueda utilizar en la fabricación de nutrientes que necesitamos, el átomo de hierro que une el oxígeno que circula por nuestra sangre originado por las altas temperaturas que se produjeron hace muchos millones de años en la explosión de una estrella (en este sentido se dice que “somos polvo de estrellas”), nosotros no podríamos vivir. Somos un producto de la naturaleza (sin duda el más inteligente) y compartimos los mismos elementos constitutivos con otros productos con los que nos interrelacionamos y somos interdependientes con ellos, estén más cercanos o lejanos evolutivamente de nosotros y sin los cuales la vida y la supervivencia del hombre serían imposibles.
Entonces, ¿cómo se explica la creación del hombre por la intervención de un “diseñador inteligente” extranatural que deja a su ser creado en una “cuna”, en un entorno tan inhóspito (terremotos, maremotos, inundaciones, etc.)? ¿Acaso no es más “inteligente” dejar al ser creado en un entorno favorable? ¿No es contradictorio utilizar la “inteligencia” para crear un ser y no usarla para proporcionarle el medio en el cual va a vivir?
En definitiva, el esquema creacionista, racionalmente, no funciona.
¿Por qué, pues, está tan en auge en estos momentos en Estados Unidos? ( Me refiero sobre todo a EEUU sin perder de vista que en otros países, incluido el nuestro, existen movimientos político religiosos que pretenden adaptar los mismos esquemas ideológicos de los llamados “neocom” americanos). Desde mi punto de vista, una de las razones más poderosas, consiste en lo siguiente: cuando un poder político, económico y militar siente debilitar su supremacía, sea desde el interior o desde el exterior, recurre, históricamente, a la utilización de los sentimientos religiosos de los ciudadanos como aglutinantes alrededor de ese poder para fortalecerlo. Los movimientos de los tele predicadores, la obsesión por la lectura de la Biblia a todas las horas del día y la vuelta de la doctrina creacionista a las aulas, son buenos ejemplos de la explotación de los sentimientos religiosos que lleva a cabo la ideología neoconservadora imperante.
Posturas ideológicas que llevan hasta el esperpento cuando el Presidente norteamericano dice que fue Dios (su dios) quien le inspiró la destrucción bélica de los iraquíes como represalia por la brutalidad de los atentados de Nueva York. ¿Acaso no fue el Dios (su dios) de Ben Laden quien le inspiró los atroces atentados de nuestros ciudadanos españoles el 11-M por participar en la guerra de Irak, según ellos?
¿Ha vuelto el tiempo de ver a los dioses enfrentándose bélicamente?

En fin, como decía uno, por este camino, el problema no es que “vengamos del mono” sino que volvemos hacia él.

Francisco Sánchez
Madrid

 
 
 
 
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