Un niño sube a la ciudad (II)
 
 

 

Los niños de antes disfrutábamos de la ciudad porque parte de ella, dentro de un contorno definido, tal como era el de una plazoleta, estaba a nuestra entera disposición. Los juegos trascurrían en ella y estábamos deseando salir a la calle en cuanto volvíamos del colegio para encontrarnos con la pandilla. Ahora comprendemos cuanto significaban aquellos espacios de encuentro y juegos para nosotros. Los mayores no podían permitirse tales lujos, porque no tenían espacios exclusivos y tenían que compartirlos con los otros ciudadanos. Pero sí conservaban la marca que les había dejado la infancia, que seguía funcionando a escala de ciudad. El cese del reparto de los espacios de la niñez que producía la Semana Santa, es ahora tan solo un dato trasmitido y que no tiene explicación para las nuevas generaciones. En cualquier caso, a los espacios de disfrute infantil les suceden otros espacios de la ciudad, que repiten el fenómeno a escala de adultos. Tanto unos como otros, los espacios que hacen vivir a sus ocupantes el carácter de centralidad. Les da una marca de pertenencia de ese espacio y de su reconocimiento. Y así ocurre lo mismo en la Plaza Mayor de Salamanca como en Broadway, en Nueva York.
¿Y qué podemos decir de los espacios y la calidad de la centralidad en Zamora? Después de las reformas urbanas del siglo XIX, dado su crecimiento en forma alargada, se configuró una centralidad muy peculiar porque, a diferencia de otras ciudades que se fijan en zonas o enclaves, de contornos muy definidos, aquí se desarrolló a lo largo del eje de la calle Santa Clara, sobre la que se situaban las principales actividades que daban vida a la calle: los comercios, exponente de una clase próspera y los cafés con terrazas. La prolongación del eje tenía como remate el paseo-salón de la Avenida, que estaba flanqueada por las mansiones de la nueva burguesía. Este eje prácticamente monopolizó la centralidad de la ciudad durante todo el siglo XX. Solo apuntaban de forma ocasional caracteres de centralidad la Plaza Mayor y el parque del Castillo. Pero ambos espacios han soportado situaciones que no les han favorecido. Y así la Plaza Mayor, después de sucesivas reformas en el siglo XIX, logra su configuración rectangular, con los dos bloques residenciales dotados de soportales para apoyar el uso comercial. Es un espacio modesto para Plaza Mayor, pero fue el resultado que pudo compatibilizarse con la trama medieval y con el antiguo edificio del Municipio. A mitad del siglo pasado, y por el prurito arqueológico de dejar exenta a la iglesia de San Juan, fue cuando se decide suprimir el cuerpo de edificación, que componía uno de los lados de la Plaza. Ahora tenemos los muros pétreos, inexpresivos y pesados de la iglesia presidiendo un espacio urbano primordial.
Los espacios de centralidad, que han surgido como resultado de las reformas interiores de las ciudades han necesitado tomar una forma geométrica y la más inmediata ha sido la rectangular. La situación actual de la Plaza, después de la supresión de su ala izquierda, es la de un espacio sin definición, en que la Iglesia está flotando, sin ningún referente coetáneo que diese verosimilitud a la primitiva ordenación medieval. La Plaza Mayor representaba la meta que debe acompañar a todo recorrido, como era el caso del obligado paseo vespertino.
La rehabilitación de la Plaza es un acto necesario, de recuperación de uno de los elementos definitorios de la ciudad. Y sería una operación no onerosa para la ciudad, dado el cambio de tendencia en la valoración que están experimentando las viviendas situadas en la zona antigua. Existen planos de un concurso que se convocó para enmendar este error urbanístico, que podrían ser revisados o convocar un nuevo concurso.
La zona que históricamente ostentó la centralidad de la ciudad medieval estuvo en el entorno de la Catedral. Allí se concentraba la representación del Poder Real, de la Iglesia y el Mercado. Alrededor y llenando los huecos del espacio, un caserío se apiñaba a la sombra de sus protectores. Lo que ha quedado de aquel Centro son escasos restos, frente a las pétreas moles de la Catedral y Castillo. Así, el actual entorno desprovisto del soporte de la trama vecinal, acusa cada vez más su carácter monotemático monumental. Herencia de la historia de la ciudad y ajeno a las actividades ciudadanas de todo tipo. No le redime de su precariedad, el de que en determinadas fechas, su significado histórico sirva como prueba de convicción para consumo de turistas. Por todo ello, habría que revisar el argumento de intangibilidad que pesa sobre este entorno y que lo condena a volverlo cada vez más envejecido y distante de la ciudad actual. Pues al analizar su evolución y las intervenciones que la ciudad ha tenido sobre este entorno, lo que salta a la vista, es la falta de medios empleados y el poco interés que se ha demostrado desde principios del siglo XIX. Sin duda, una intervención externa, independiente de la voluntad de la ciudad, fue la de volar todo su caserío por parte de las tropas francesas en la guerra de la Independencia y así, convertir el entorno en un espacio de maniobras frente a su acuartelamiento. Tuvieron que pasar cien años para que se planten los primeros árboles, que se integrarían posteriormente en los jardines del parque. Estos jardines se trazaron sin un canon artístico reconocible y con el único criterio compositivo de llenar unos espacios con el repertorio de formas propias de un modesto jardinero. Para paliar las deficiencias, se añadieron unos restos arqueológicos que contribuyen a aumentar la heterogeneidad de la composición.UN NIÑO SUBE A LA CIUDAD
A la vista de esta visión, sólo cabe hacer una crítica de la actitud y la política que se ha llevado a cabo con este entorno. Parece que la ciudad, por las razones que sean, no hizo los deberes que le correspondían en la época, acabando el siglo XIX. Tal vez, la ciudad estaba ocupada en su reforma interior con la apertura de nuevas calles, expropiaciones de palacios, iglesias y conventos; demasiadas tareas para un municipio con escasos recursos técnicos y financiero. Pero la tarea de las reformas interiores de la ciudad fue realizada con todo éxito, como es patente todavía, en la actualidad. Seguramente los políticos pensaron que el sector eclesiástico, mayoritario en la zona, no necesitaba más que un clima ambiental que concordase con sus fines, es decir, silencio, quietud, un verdadero oasis para la vida contemplativa. Y dejar las cosas como estaban. Esto ha sido válido durante casi todo el siglo pasado, pero la crisis de los conventos de clausura y el tirón de la expansión de la ciudad ha sumido a toda la zona antigua en una situación, que necesita una atención especial.
Sería necesario devolver a este entorno el rango de centralidad, aunque de distinto carácter del que tuvieron en el pasado. Y de convertirlos en el núcleo de la trasformación de un barrio, que hoy día, muestra con su atonía, su total dependencia de otras zonas de la ciudad.
Se trataría de realizar la tarea, tal como se hizo en otras capitales históricas de nuestro entorno, de poner orden a unas organizaciones que pudieron, en su momento, responder al carácter casual de los tejidos medievales y se estableciesen las articulaciones de encuentro con la ciudad edificada
Para recuperar el rango propio de centralidad del viejo centro medieval, tendríamos que tomar entre otras las siguientes medidas:
1.- Dotarlo de las infraestructuras que faciliten su conexión con el resto de la ciudad y con los arrabales junto al río.
2.- Preparar las dotaciones para que este Centro sirva como Centro de barrio y sus primeros beneficiarios sean los vecinos.
3.- Proyectar elementos tales como los espacios abiertos, configurando los distintos tipos de Plazas, a tono con el carácter monumental que debe poseer el Entorno.
4.- Dotar al nuevo Centro con los servicios, comercios y hostelería propios para atender el turismo de la ciudad.
5.- Completar los equipamientos de tipo cultural y relacionados con la historia y el Arte de la Diócesis.
Cada uno de los apartados anteriores requiere un estudio detallado, para ser programado debidamente. Existe un interés creciente en la Unión Europea para este tipo de actuaciones especiales, que buscan recuperar espacios urbanos en procesos llamemos de decadencia, entre otras razones por la influencia que puede tener en la reactivación de las economías de las pequeñas ciudades. (Véase el Estudio Funcional para la subcomarca de Zamora, documento de La Junta de Castilla y León) Todo ello requerirá ayudas extraordinarias para la financiación y desarrollo de este tipo de actuaciones extraordinarias y que ya existen en los organismos de la Unión Europea. Y antes de todo, habrá que conocer el grado de compromiso que está dispuestas a asumir las fuerzas políticas, económicas y sociales de la ciudad.


Antonio Viloria
Miembro del Foro Ciudadano de Zamora

Zamora, 19 de junio de 2006

 
 
 
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