El cuento de Ifeza (y II)
 
 

 

(Resumen de lo publicado: Ifeza es un recinto ferial muy desgraciado; siente que nadie lo ha querido nunca y sueña con desaparecer. Pide ayuda a los animales de su alrededor para que lo derrumben o lo hundan, pero ninguno quiere hacerlo. Entonces se le ocurre llamar a su hada madrina, por si también los feriales tuvieran algo así).

-¡¡Hada madrina...!!
Hasta dos y tres veces gritó la desgraciada Ifeza a través de sus muchísimas ventanas. Si el hada existía, pensó, por fuerza tenía que oír su grito. Y tras el tercero, en efecto, apareció ante ella otra Ifeza más pequeña, con alas, una varita mágica y una gran sonrisa.
-¿Qué sucede, Institución Ferial de Zamora? Ifeza se enterneció:
-Caramba. Me ha llamado usted por mi nombre completo y los dos apellidos. Casi nadie me llama así, solo Ifeza.
-También me gusta el diminutivo, Ifeza. Dime, ¿qué te ocurre?
-Quiero irme de aquí. Muy lejos. A otra ciudad donde de verdad me necesiten, pueda ser útil y nadie me vea como una carga insoportable. El hada se quedó mirándola muy pensativa.
-No me digas que aquí te ven como una carga...
-Desde antes de nacer, hada madrina. Estoy desesperada.
-¡Es increíble! ¿Querrás creer que si existes es porque esta ciudad un día llamó también a su hada madrina y le pidió tenerte? La gente, de verdad, es que pide a veces sin ton ni son. Por eso las hadas tenemos que tener mucho cuidado al conceder deseos. Muchas veces, si los concedemos, hacemos más daño que otra cosa.
Aquellas palabras preocuparon a la pequeña Ifeza.
-¿Quiere decir que no va a concederme mi deseo?
-Al contrario. Claro que te lo concederé. De mil amores. Se van a enterar los zamoranos, y particularmente don CEOE y doña Cámara, de lo que se han perdido por su mala cabeza.
Le apuntó con su varita mágica, pronunció un conjuro y de pronto a Ifeza le salieron cuatro robustas piernas, con sus pies, bajo la ancha estructura.
-¿Ya puedo moverme?
-Con absoluta libertad. Vete donde quieras, fuera de esta ciudad desagradecida. Ifeza dio un salto y se maravilló de su repentina capacidad de movimientos. De pronto, le asaltó una duda.
-¿Hada madrina?
-Sí...
-No estoy segura de hacia dónde ir. ¿Alguna sugerencia?
El hada puso cara de traviesa.
-Si quieres que los de esta ciudad se queden fastidiados de verdad, coge la autovía de Tordesillas y no pares hasta Valladolid. Allí hablas con el alcalde y no te tendrás que preocupar de nada más.
Ifeza dio las gracias y echó a correr, con su inmensa mole, camino de Valladolid. Unos días después, cuando llegó, pidió ver al alcalde. Este, asombradísimo al saber qué tipo de ser lo reclamaba, salió a verla a las afueras.
-Caramba. Eres un pabellón realmente estupendo. Mejor incluso que el que hasta ahora teníamos aquí. ¿Vienes para quedarte?
-Si aquí me necesitan, será un placer.
Los vallisoletanos se apresuraron a instalarla en un solar muy bien comunicado y no tardaron en hacer una primera feria, a la que siguieron muchas más. Ifeza era feliz viéndose útil y querida. Y aún lo fue un poco más, aunque esté feo decirlo, cuando oyó contar a unos visitantes que los de Zamora protestaban indignados por el nuevo "expolio" que les había hecho Valladolid, al quedarse con su recinto. Incluso tuvo que aguantarse una carcajada, cuando los visitantes añadieron:
-¿Y sabes quiénes son los más indignados en aquella ciudad? Don CEOE y doña Cámara. Y colorín colorado, este cuento, como tantos otros, se ha acabado.

BRAULIO LLAMERO
28 de mayo de 2006
Fuente: laopiniondezamora.es

 
 
 
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