CAYUCOS, ESPAÑA Y EL CINTURÓN
 
 

 

Atónitos, estupefactos y sobre todo desconcertados observamos cada día la llegada masiva de cayucos y pateras a nuestras costas, además de cuantas personas entran ilegalmente en nuestro país por los aeropuertos o subidos en coches o autobuses. Raro es el día en que cualquier telediario de cualquier cadena de televisión no emite noticia alguna al respecto. Y lo que es peor, nos estamos acostumbrando.CAYUCOS, ESPAÑA Y EL CINTURÓN

No cabe duda de que quien sale de casa casi exclusivamente con lo puesto y confía su vida a la mafia de turno es porque está con la soga al cuello. Y no hablemos de arriesgar la vida abandonándose a unos cuantos días con sus noches embarcados en un cayuco o una patera que casi por milagro no se hunde. También es cierto que la imagen que llega a los inmigrantes tanto de España como del resto de Europa es tan seductora como difusa. El paraíso se abre ante sus ojos, aunque luego, cuando llegan, todo se transforma en otra historia.

Y nosotros, aquí, o no hacemos nada, o los distribuimos por España, los repatriamos, o pedimos a Europa más medios económicos para intentar frenar este desastre humano. Afortunadamente cada vez se oye con más insistencia que hay que atajar este problema por la raíz, no poniendo parches, sino invirtiendo en el desarrollo de los países de procedencia de los emigrantes. Durante muchos años nos hemos servido, y seguimos haciéndolo, de sus recursos naturales sin hacer demasiado, al menos en justicia, como contrapartida, en favor de su desarrollo. Y ahora recogemos tempestades. No cabe duda de que, como comunidad global, tenemos que invertir en el tercer mundo. Un planeta tan desequilibrado acaba por romper tarde o temprano. Y ya lo estamos experimentando. Pero creer que con sólo invertir en esos países se resolvería el problema es sencillamente ingenuo. No nos estamos dando cuenta de que la principal causa de este caos somos, precisamente, los países occidentales. Y la realidad ya se está volviendo contra nosotros. Somos culpables porque vivimos apoltronados en la opulencia, ya ni siquiera en la riqueza. Llevamos un tren de vida absolutamente insostenible. Subimos cada vez más y más del listón del bienestar hasta hacerlo totalmente inaccesible para muchos, incluso de nuestros convecinos. Vivimos atrapados en la espiral egoísta del más y mejor. Mientras, nos engañamos infantilmente creyendo que el parche de pedir más dinero y recursos a Europa es la solución.

Austeridad: ésta es la clave. Se nos llena la boca al hablar de solidaridad y de acogida. Eso sí, sin ceder nada de nuestro nivel de bienestar (palabra cada vez más sinónima de egoísmo). Somos generosísimos, acogedores en extremo; pero, por supuesto, hasta que nos toca en lo personal. Falta trabajo, incluso se pide la reducción de la jornada laboral hasta las 35 horas. Pero, por supuesto, que nadie hable de bajar el sueldo.

Es momento de cogernos el cinturón y apretárnoslo un poco. Es momento de ser realmente alternativos. El drama de la emigración sólo podrá romperse invirtiendo, sí, en el tercer mundo. Pero también apostando por la austeridad en el primero. Porque, es cosa sabida, sólo unos pueden crecer si es a costa de otros, y casi siempre a costa de los mismos. Bien pudiéramos aplicarnos la máxima del genial arquitecto Mies van der Rohe: menos es más.



Rafael Ángel García Lozano
Zamora, 29 de septiembre de 2006


 
 
 
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