Un niño sube a la ciudad (III)
 
 

 

Con la movilidad de los primeros años juveniles, la ciudad no tenía secretos para nosotros. Podía decirse con cierta petulancia que nos sentíamos poseedores de la ciudad, ¿quién iba a disputárnosla? Y es que la repasábamos, recorriéndola por la razón más nimia. Sentíamos que las cosas de la ciudad, tan cercanas que las tocábamos con nuestra vista, con nuestro tacto, siempre presentes y mudas, pero sin dudarlo, como fieles aliadas, las únicas que desde su vejez de siglos, nos daban su silenciosa aprobación. Y de esta presencia, tan constante y tan fiel a la alianza que nos brindaban las cosas, nos reforzaban nuestra incipiente identidad. Este proceso de pertenencia no es posible en la ciudad moderna, pues no existe esta acción continua y envolvente en que las superficies, aristas y encuentros de muros, suelos y tejados, se desarrollan como una película, que son como una réplica de nuestra piel y nuestro cuerpo. Aquí, en la ciudad antigua, los espacios siempre aparecen contenidos en los volúmenes de las edificaciones. A un espacio bien definido, le sucederá otro espacio nuevo que tendrá las ligeras variantes para que surja la sorpresa, aún antes de que lo hayamos entendido hasta el fondo. Todavía no podíamos llegar a percibir el significado artístico de las formas, ni mucho menos el orden con el cual se había ido construyendo poco a poco la ciudad. Tan solo era la materialidad de los objetos y su elemental expresión, sin posible docto significado, los que nos retenían en sus múltiples pliegues.
Cuando nos asomábamos al campo y cada vez nos alejábamos más de la ciudad, sentíamos la pérdida de nuestros objetos, que los habíamos dejado dentro de ella, pero que ahora veíamos apretados, unos contra otros, detrás del cinturón de las murallas. Así era como estábamos accediendo al descubrimiento de una nueva visión, que nos ocultaba nuestra ciudad. Estábamos tan cerca de las cosas.... Hasta entonces no habíamos sentido su acoso. La ciudad, a lo lejos, se nos presentaba única y sólida, naciendo de la tierra, pero asentada, sobre la fortaleza de las peñas, interpuesta entre tierra y cielo. Del dibujo recortado de sus tejados, sobresalen unas torres, que en actitud de llamada, de aviso, tratan de buscar la mediación entre la tierra y los cielos.
Así aprendimos a reconocer a lo lejos los puntos que eran habituales en nuestras correrías y conocíamos al dedillo; así avanzábamos en la comprensión de los espacios y formas replegados en los vericuetos de la ciudad. Y así aprendimos, desde la lejanía, a querer volver a ella. Toda ciudad como un gran Centro que es, tiene el poder de atracción, de recompensa, al fin de la jornada de un camino andado y fuera de su protección.Un niño sube a la ciudad (III)
De la imagen de la ciudad, marcada con señas perennes, y que se perfeccionan desde la visión propia del niño a la del adulto, siempre esperamos que la realidad nos asegure su vigencia, tal como se quedó marcado en un lejano pasado.
Pero parece que la Edad Dorada acabó. Ya no hay paseos gozosos sobre el campo, bloques de edificación han sembrado de obstáculos los espacios antes libres, y que ahora se interponen en la visión de la ciudad. Hasta el cinturón de las murallas, ha cedido ante la altura de bloques, que ahora dibujan un perfil inédito, imprevisto.
Antes salíamos frecuentemente al campo porque la naturaleza estaba tan cerca. Pero siempre teníamos a mano un bosque en que, a través de él, podíamos adivinar que lo que se extendía más allá de sus límites, llegaba hasta el final de la tierra. Así era para nosotros el bosque de Valorio.
Ahora parece que va a ser afectado por nuevos planes, nuevas construcciones que estarán en su entorno. Esto va a suponer poner barreras al campo, pues este bosque pretendía encontrarse al margen de la ciudad, y en perenne continuidad con otros paisajes rurales, ajenos a la industria de los humanos. Ello va a suponer una desvalorización de su significado como medio natural, mantenido con esfuerzo. No en vano, por su cercanía al mismo borde de la ciudad, no ha podido librarse de un continuo desgaste, debido a las agresiones sufridas y que ahora puede significar su definitivo colapso como bosque urbano ¿Y esta ciudad es la que vamos a legar a nuestros descendientes?


Antonio Viloria
Miembro del Foro Ciudadano de Zamora

Zamora, 9 de julio de 2006

 
 
 
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