El rostro
 
 

 

Hace unos días, viendo en la televisión una de esas sesiones de control en el Parlamento al ministro de Interior pude observar con atención la intervención del Sr. Martínez Pujalde, del Partido Popular. Al margen de sus argumentos, según hablaba, su cara me recordaba a la de aquellos piratas de mi niñez que se veían en las películas infantiles o que uno se imaginaba en los libros de aventuras, que ganaban en intensidad si los leías en la cama, en invierno, en especial si te habías quedado en casa por alguna pequeña indisposición y ello te evitaba ir a la escuela. Tenían un sombrero de ala amplia, encima de un pañuelo de colores atado en la nuca por un nudo, un fino bigote, un parche en el ojo y apretaban sus dientes con rabia, sujetando fuertemente un sable ensangrentado en su mano derecha. Posiblemente también tenían una pata de palo. Era la viva imagen del hombre malo. No engañaban a nadie, toda su figura lo delataba.
Posiblemente todo era producto de mi imaginación, algo infantil, pero me llevó a la reflexión de cómo era posible que un partido político tan importante tuviese como representante en una comisión del Parlamento Español a una persona cuya cara reflejaba tan bien al personaje, en contra de esa necesaria credibilidad que parece obligatoria cuando se llega a ciertos puestos. Me vino a la cabeza aquella frase de Marco Aurelio: “El verdadero modo de vengarse de un enemigo es no parecérsele”. Pensé que me estaba poniendo demasiado profundo.
De todas formas, el tema no deja de tener interés, el de la imagen que ciertos hombres públicos, que al margen de sus discursos, ya transmiten por sus caras, su atuendo, su aspecto en general un mensaje de credibilidad o de desconfianza. Para mí tiene mucha importancia, sobre todo en el mundo de la política, donde el ruido nos está privando de la argumentación, del debate honesto y sereno que favorezca la búsqueda de soluciones equilibradas, además de contribuir a que los ciudadanos puedan llegar a tener sus propios criterios. Se está favoreciendo la alineación automática con la opinión del grupo político que más nos guste. No se tiene opinión personal, se asume la que oficialmente dice su grupo afín, que no sólo es político sino también mediático. Nos estamos convirtiendo en vicarios de otros y con ello, somos cada vez menos libres.
Entiendo que apoyarse en la intuición personal, basada sólo en el aspecto, también tiene sus riesgos en un mundo tan camaleónico, pero hay que aplicarla después de analizar bastante tiempo al personaje. Intuyo que la mayoría de las personas que lean este artículo, y que conozcan de quién hablo, estarán de acuerdo conmigo en el personaje citado. Además, es evidente que dicho político está azuzado por otros que permanecen escondidos en la trastienda. En el fondo es un peón con cara de malo. Estos son los más fáciles de descubrir, y los menos peligrosos, ya que necesitan hacer méritos ante los que definen las estrategias.
Lo normal es que a continuación diese mi opinión sobre los políticos que tenemos más cercanos, No voy a dar nombres, por favor, yo vivo en esta ciudad pero los hay que reflejan claramente su talante, su mayor o menor capacidad para decir la verdad. De unos me fiaría más y de otros, en absoluto. Pero esto es un proceso que lo tiene que descubrir cada uno y ¡ojo!, no siempre se acierta, porque el político es un animal que se transforma así mismo, y lo que empezó de un modo puede acabar en lo contrario. El poder es el elixir mágico que puede cambiar todo.

Antonio Gallego Rodríguez
Zamora,
28 de octubre de 2005
Miembro del Foro Ciudadano de Zamora

 
 
 
 
 
 
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