Si es aquí o no es aquí... el puente
 
 

 

El título del artículo pertenece a una letra de un baile de ronda que no habla precisamente de puente alguno, pero habla de situaciones parejas . Los versos dicen así: "Si es aquí o no es aquí; Si es aquí, no vengo errado; Pasar no puedo de aquí". Podemos pensar que su anónimo autor tenía un puente - pena, pero que al final resuelve de forma categórica. ¿Corremos la misma suerte que en el verso?.
Somos ya unos cuantos miles de ciudadanos los que sentimos pena y preocupación por la propuesta que se está contemplando para la ubicación del nuevo puente, los que pensamos que no es la correcta. Y esta opinión de la mayoría de la gente se viene reforzando, porque aún partiendo de sentimientos, la vamos llenando de razones. No es aceptable colocar un nuevo puente entre los dos puentes existentes en la actualidad y en un entorno que necesariamente debe ir cercano al puente de piedra. Desde cualquier ángulo de visión que se haga sobre esta zona quedaría gravemente alterado el paisaje. Un paisaje que por lo menos para los zamoranos es todo un símbolo de la ciudad intemporal.
Este nuevo puente vendría a ser una réplica del viejo puente, con funciones paralelas, como el de ofrecer un dispositivo de refuerzo a un puente que no puede dar más de sí para absorber los flujos de un tráfico cada vez más creciente. Esta solución copiaría las limitaciones patentes que lastran al viejo puente, como es su conexión con la ronda de la Avenida de Vigo y el de no ofrecer continuidad con un viario de entrada a la ciudad. El nudo del conflicto del nuevo puente en su conexión con el vial, en la margen Oeste, tendría que salvarse con una obra de ingeniería que requeriría un amplio espacio y que vendría a suponer unas obras importantes de adecuación.
No se podría entender la concentración de puentes, a lo largo de un kilómetro, dejando en total carencia al sector aguas abajo del puente de piedra. Ya desde un punto crítico, la colocación en su momento (1167) del puente viejo se podía justificar por unir las dos orillas por el punto mas centrado respecto al frente de la ciudad, estrategia adecuada de cara a la economía en el desplazamiento de carruajes y viandantes en el acceso a la ciudad. El problema que no resolvía de manera satisfactoria era que el puente nuevo no conectaba con puertas y vías de tráfico principales de la ciudad, porque la vertiente a la que se llegaba era la del frente abrupto, defendido de la ciudad. Pienso que esta adecuación del puente para satisfacer el tráfico cotidiano, de los campesinos y trajinantes, supuso el abandono del puente romano diseñado para hazañas propias del Imperio. La solución que aportaron los romanos fue la adecuada para el paso del río y de acceso a la ciudad. Sitúan el puente aguas abajo, del que arranca la calzada para bordear la fortaleza y bajo el control de la torre va a buscar una de las puertas de acceso de la ciudad, de la cual partiría una de las calles principales. El puente romano acabó arruinándose mientras el nuevo puente sufría continúas reparaciones, prueba que acredita su utilidad para la ciudad y que ya, desde el siglo XV, impidieron que corriese la misma suerte que su hermano, con peor suerte. Este viejo nuevo puente, con todas las limitaciones que se hacen patentes, con los fenómenos relacionados con la industrialización durante el siglo XX, posee cualidades de cosa mítica para los zamoranos. Gómez Moreno lo incluye en su Catálogo de Monumentos. Los otros puentes de la época de la primera industrialización, el de hierro y otro con ancho de autovía construido en hormigón, en los años del Desarrollo no entran en competencia con el de piedra, porque no están situados en el mismo entorno y no es posible una fácil visión simultánea de todos ellos, así que su papel es discreto tal como fueron concebidos. Se extienden inmóviles y ligeros sobre zonas del río, cuyas frondas se mezclan con el dibujo de sus entramados metálicos.
Pero la propuesta del nuevo puente sí que la percibimos como una amenaza. Porque el espacio de entre puentes es demasiado corto para desvincular la visión de ambos puentes, con la de que el viejo puente quedaría en un segundo plano. Ya la visión de la ciudad, plena de símbolos, y que es la que hemos heredado, no sería la misma. La intrusión en el encuadre visual del puente, privaría a este del espacio que hoy día señorea. Se vería conminado a medirse con un recién llegado, joven y eficiente, y que le reduciría a un papel, sin duda, accesorio y cuyas prestaciones no podrían compararse con las de su abuelo. Hay que buscar una solución para aliviar la carga que pesa sobre el puente viejo. Estamos de acuerdo, pero no a costa de la destrucción de un bien tan intangible como delicado del paisaje que resume mejor que en ningún otro lugar el alma de nuestra ciudad. Así se entiende la reacción de los ciudadanos, ante una decisión que pensamos que toca a algo muy profundo de nuestras vidas y recuerdos. Y que necesitamos expresar de todas las maneras posibles.
El Puente Viejo de Florencia, de época medieval, tenía tantas limitaciones para el tráfico que acabó convirtiéndose en mercadillo, pero el puente que le sustituyó para absorber las funciones originales del puente viejo no es perceptible por lo menos para la visión rápida del turista y las fotografías que a miles se hacen, le muestran siempre igual, lleno de vida, con el paso del tiempo, sobre la corriente del Arno. Partes de la ciudad poseen un carácter casi sagrado y se perciben que son como una condensación de su esencia. Cuando se producen agresiones en estos espacios privilegiados, las sentimos con una sensación de pérdida. Y que no tiene reparación posible. Sobresaliendo sobre el contorno de la ciudad aparece desde hace unos años una torre que nos provoca siempre el mismo gesto de extrañeza. Como una intrusa la percibimos y así, sin remedio, será para siempre. La imagen del río, el puente y la ciudad, expresa la Zamora eterna, que llevamos impresa en el alma y que es la que han sabido recoger en sus versos, en sus cuadros, nuestros artistas. Alterar esta imagen nos produciría el dolor de una pérdida muy íntima. Una imagen que siempre miramos, con una curiosidad renovada, porque siempre conocemos algo nuevo en ella. Miro una foto reciente de la ciudad, el puente y el río, y recorro con la vista para no perder detalle. Sigue ahí el puente, pero le veo de una manera que nunca había visto. Aligerado por sus arcos y sobre él cabalgando encima todo el roquedal, coronado por el caserío de la ciudad, recortado contra el cielo, todo parece preparado para ponerse en movimiento y que, deslizándose, atraviese el río para lanzarse con toda la ciudad encima y desaparecer detrás de la fila de árboles.
Si no es concebible que el nuevo puente pueda ocupar la zona de entre puentes, habrá que buscar una zona que no altere negativamente el paisaje urbano. Alternativas hay. La más inmediata y genérica sería tratar de equilibrar la desigualdad entre el sector Este y Oeste del río, tomando como eje el actual puente de piedra. Los romanos ya nos mostraron cual era su solución para cruzar el río y conectar con calles y calzadas. Pero todas las opciones posibles deben ser objeto de estudio y elegir la mejor, no sólo en términos de economía sino de diseño, de encaje con el entorno, de elegancia y simplicidad de la obra muerta en que se convierte la concertación de niveles y trazados. No va a ser un puente que cruza por un paisaje de pura naturaleza y al que, no obstante, se le exigiría el cumplimiento con un plan de impacto ambiental. Va a estar a los pies de una ciudad histórica. Va a cerrar el horizonte de un escenario, en que el río nos devuelve las imágenes de la ciudad. Es un reto difícil, ya que los problemas técnicos son controlables y siempre pueden reducirse a números. Los más difíciles y que hacen que una obra esté a la altura de un entorno cargado de historia son resultado de factores complejos y, a veces, imponderables. Y del talento de su proyectista.
Una vez expuestos los temores que suscita una elección correcta de la ubicación del puente, por una parte, y de la valoración del mejor proyecto posible por otra, surge una serie de interrogantes a cuál más apremiante. ¿Qué criterios se han seguido para hacer el concurso?¿Qué baremo de factores de calidad se medirán? ¿Qué experiencia y premios han conseguido los equipos de ingeniería en trabajos análogos?. Me pregunto si habrá una respuesta convincente a estas y otras cuestiones pertinentes en un trabajo tan delicado como este. ¿Se ha preocupado el Ayuntamiento de buscar un asesoramiento para los distintos aspectos no puramente técnicos como son los de tipo artístico, ambientales, como se exigen en cualquier actuación dentro de una ciudad histórica?.
La historia de esta ciudad nos muestra una tras otra experiencias negativas en actuaciones que afectaban a su integridad urbana Como ejemplo citaré dos casos del siglo XIX, que cita en su Catálogo de Zamora Gómez Moreno. Hasta el siglo XIX, el puente de piedra, como es bien sabido, tenía dos torres, una en cada extremo, con relieves valiosos y que constituían edificaciones de auténtica categoría monumental. Gómez Moreno relata que en uno de sus numerosos viajes que hacía a la ciudad y provincia se encontró con la sorpresa de que habían desaparecido las torres del puente porque las habían demolido, hecho que calificaba de "nuevo atentado artístico seguido de impunidad silenciosa".
El otro caso se refiere a las murallas. Hasta el XIX, Zamora había sido plaza fuerte, pero a principios de siglo pierde su rango militar y su perímetro defensivo deja de depender del Ejército, pasando a la condición de bien enajenable que, según las Leyes de Desamortización de Mendizábal, el propio Estado sacaba a subasta a los particulares. Se produjo tal avalancha de compras que al final intervino la Comisión de Monumentos para parar el despojo. El mismo Gómez Moreno escribía lamentándose: "La puerta de Santa Clara se protegía con un gallardo torreón poligonal, derribado bárbaramente con la puerta misma, en 1883 y 1888, a despecho de las Academias". Y como siempre la ausencia de los ciudadanos ante el despojo y la impunidad silenciosa,
Seguro que hubo informes técnicos, apoyados en múltiples razones, como de tipo higiénico por la expansión y modernización de la ciudad, justificaron el desaguisado. Ahora, al cabo de un siglo, se alcanza a valorar el daño en toda su extensión. Lo impresionante es que todas estas actuaciones fuesen hechas con el consentimiento de los zamoranos. Otras ciudades conservaron sus puentes y puertas de muralla. ¿Por qué nosotros no?.
Ahora esta ciudad se enfrenta a problemas y decisiones que pueden ser tan decisivas como aquellas del XIX, y que pueden convertirse en tan negativas como aquellas, aunque la destrucción sería sobre un bien intangible. También tenemos la posibilidad de convertirse en altamente beneficiosas para la ciudad. Y digo esto, porque el nacimiento de movimientos ciudadanos y asociaciones preocupadas por los diversos problemas de nuestra "res publica", y entre ello, nuestro entorno físico, están tratando de acabar con aquel silencio que se abatía como ave de mal agüero sobre nuestra ciudad y que quedaba sujeta a decisiones producto de una visión o intereses muy particulares. Aspiramos a que nuestra ciudad sea cada vez más "polis". El ejemplo de Soria y Teruel nos indica que ello es posible y que los ciudadanos despierten su interés por las cosas que nos afectan a todos.
Para empezar, se presenta la tarea de encauzar la gestión del nuevo puente y conseguir que sea un proceso participativo. El que arrastre a un número cada vez mayor de gente como está ocurriendo, anticipa lo que puede ser un logro a celebrar por toda la ciudad. Y personalmente, para satisfacción del propio Alcalde.

Antonio Viloria-Arquitecto
Foro Ciudadano de Zamora

 
 
 
 
Volver
Subir